Conectar y compartir: correspondencia educativa entre la familia y la escuela

Sólo estos dos verbos ya explican por sí mismos lo que debería ser totalmente normal. Las relaciones de familia precisan de estas dos acciones: por razones substantivas propias de unas vidas entrelazadas y también por razones instrumentales, fruto de una larga convivencia. Esta relación es, o debería ser, similar a los vasos comunicantes donde las partes se aportan mutuamente lo necesario para mantenerse en equilibrio armónico.

Nuestras formas de vida y de relación provocan muy tempranamente que se rompan estos lazos naturales y se establezcan otros tipos de relación muy diversas pero en absoluto complementarias.

Recientemente, una madre muy inquieta por la educación de sus hijos me contó lo siguiente:

“Es fundamental que aquello que se vive en el seno de la familia tenga un reflejo en lo que se experimenta y se transmite en la escuela, y a la inversa, para no crear distorsiones en la educación de los niños. Yo, si me permites (decía ella), iría un paso más allá y también haría referencia a la necesidad de romper las fronteras que a veces se establecen para “proteger” al niño de no se sabe bien qué. Podemos estar seguros que las competencias de padres y educadores resultan mucho más enriquecedoras cuando se aportan en colaboración y con total implicación”

“En este sentido, comparto con vosotros la experiencia que vivimos este sábado en la escuela de mi hija donde se celebró una Jornada de puertas abiertas para participar del Día del Bricolaje y realizar tareas de mantenimiento entre los padres y madres. Como resultado, El lunes siguiente los peques de Infantil y Primaria pudieron disfrutar de una casita de madera o de una pared musical gracias al esfuerzo de padres y madres”.

 Sin embargo, no nos confundamos. Ensalzamos la cooperación y la implicación, pero no necesariamente para hacer tareas de mantenimiento o bricolaje. Sin duda puede estar muy bien, pero lo que decimos es que colaborar y ejercer el compromiso en realidad son los elementos esenciales que necesita toda educación. Luego vendrán los aprendizajes necesarios para poder discernir adecuadamente y poder llevar adelante nuestros compromisos. Pero primero debemos comprometernos seriamente. Porque descubrir aquello en lo que uno quiere comprometerse es aprender a saber qué es lo que uno quiere y saber lo mucho que lo quiere. No se trata de saber hacer. Se trata de saber hacer lo que sea bueno hacer.

Una postura que requiere coherencia y solidez y que nos recuerda la situación de aquel que, tras recordar que detrás de los números hay personas, es replicado “por el que lo cuenta todo”: pues apartad a las personas.

La colaboración y la implicación -conectando con afines y con menos afines- es, con toda seguridad, lo que nos permite dar la vuelta a un sistema marcado por la corrupción en la que las camarillas tratan de impedir que se actúe con transparencia.

Conectar y compartir es educar en el compromiso como individuo social. Fomentar el sentido de pertenencia a una especie humana que comparte con otras especies un planeta cuyo recursos naturales cada vez son más limitados. Esta es la parte más importante de la educación que podemos lograr para nuestros hijos.

La correspondencia educativa entre la familia, la propia comunidad y la escuela no pretende fomentar el humanismo sino prepararnos para la supervivencia. Se trata de aprender a formular y desarrollar nuestro Proyecto de Vida. El de cada uno de nosotros.

La reforma educativa no puede enseñar mejor, debe asegurar que se aprenda lo que es vital para vivir una vida con auténtica dimensión humana.

En el pasado, en el WISE (World Innovation Summit for Education) se afirmó con contundencia que no se trata de separar familia y escuela, escuela y comunidad, una comunidad y otras comunidades. No se trata de crear fronteras que nos separen ni muros que encierren, sino de conectarnos con todos y cada uno de los aspectos reales de la vida y de sus valores. En síntesis, debemos centrar nuestros esfuerzos en todo lo que compete a la dimensión humana.

 

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Els alumnes d’Escola Pia Sarrià i Sangakoo al Catakrac de BarcelonaTV

Tenim el plaer de compartir amb vosaltres el reportatge sobre Sangakoo a Escola Pia de Sarrià emès el dissabte 21 de novembre al programa Catakrac de BTV. Ens agrada especialment perquè els absoluts protagonistes són els alumnes de l’escola. Ells el presenten, el protagonitzen i ens expliquen en primera persona quines són les seves experiències creant i compartint problemes amb la metodologia. Ens quedem amb la frase d’en Nico “les matemàtiques són quasi la base de la vida, perquè les mates ens ajuden a fer quasi tot”. Doncs esperem seguir ajudant als nens i les nenes a seguir gaudint i aprenent de les matemàtiques per a la vida.

Polaridades en la reforma educativa: ¿del aburrimiento al estrés?

En este anunciado encontramos una cuestión relativa a las polaridades del sistema educativo que ahora, ya sin ambages, se plantea a nivel internacional  como una reforma imprescindible. No tanto en términos de mejora o innovación parcial (tecnológica, organizativa o actitudinal) -que también-, sino planteada con radicalidad para definir cómo y para qué la educación de hoy debería servir a los actuales retos de la sociedad.

Por otro lado, en el título que se me ha facilitado como tema de reflexión subsiste una afirmación-pregunta de carácter imperativo, cada vez más presente en las conversaciones de los estudiantes, relativa al aburrimiento (ahora ya estrés) que se vive en las instituciones escolares.

Vamos a ello. Empecemos por la primera parte.

Como afirma Nilton Bonder, “cuando el maestro-profesor capta (si quiere darse cuenta) que una parte o la mayoría de los estudiantes se vuelven aburridos, a menudo es porque su educación favorece el discernimiento (la razón) frente a la experiencia” . En estos casos, continúa el autor, “será porque el profesor dice lo que sabe pero no sabe lo que dice”.

¿Ser buen profesor es demostrar lo mucho que uno tiene en su haber? ¿O más bien acompañar al estudiante partiendo del punto en que se encuentre? Se trata de una labor de sherpa que permite guiar el proceso de aprendizaje del alumno. Se trata de darle todo el apoyo necesario y reforzar su autoestima para que se atreva a resolver aquellos temas de su interés, relacionados con la utilidad percibida y/o su necesidad, hecha consciente. ¿Lo que decimos o enseñamos despierta estas cualidades en el estudiante? Cuando se enseña de este modo, el alumno goza del estudio.

Sólo cuando existe una auténtica necesidad, se activa la conciencia y se encuentra el sentido y el propósito de estudiar. Lo relevante es que este proceso no puede estandarizarse, sino que en cada persona se manifiesta de forma diversa.

Por todo ello, pensamos que ya es tiempo de alcanzar el debido equilibrio combinando la experiencia que estimula el propio compromiso con la razón que proporciona herramientas para discernir adecuadamente.

Sólo intercalando vivencias y experiencias con las disciplinas de conocimiento, es posible convertir éste en conciencia y, en consecuencia, en comportamientos que conducen a la acción transformadoraDe lo contrario, se genera un círculo vicioso que empieza por aburrir y, finalmente, termina por volverse aburrido. La aparición del síndrome “me aburro en clase” tiene varias salidas. Una de ellas es ir en busca de alternativas – siempre hay quién las ofrece- con pésimas consecuencias. Otra es la del fracaso escolar que acarreará el alumno toda su vida. Y muchas más, aunque tan sólo unas pocas, pueden resultar exitosas.

La segunda cuestión constituye una de las epidemias de nuestro adolescente siglo (tan sólo 15 años), la enfermedad del estrés: el sinsentido de lo que haces o el hacerlo sin sentido. El precio que se cobra el estrés es elevado, hasta el punto que muchas personas padecen una lesión continuada durante años, causante de estados depresivos, ansiosos e incluso patologías neuróticas y psiquiátricas.

Éstas son las consecuencias de una educación que, en lugar de enfocarse sobre la persona, sobre el estudiante, se centra en materias diversas y compartimentadas que requieren esfuerzo memorístico, sin atender a los avances tecnológicos que pueden aligerar esta carga. Una educación, en definitiva, que guarda muy poca o ninguna relación con el aprendizaje que requiere hoy nuestra sociedad y que sin embargo necesita aún mucho para hacer frente al al cambio de época que le tocará vivir.

Rompamos, como podamos, estos círculos viciosos. Todo lo que no sea educar para este futuro incierto es perder la fuerza vital necesaria para salir adelante. La fuerza de educar a nuestros jóvenes en ser y no en tener, en vivir y no sólo aspirar a un título.

La mayor felicidad proviene de conocerse a uno mismo. ¿Es ésto lo que proporciona la educación actual?

La malla curricular en la educación del siglo XXI. Siete preguntas necesarias

Primera pregunta: ¿A quién debe servir la malla curricular? ¿A la ideologia dominante del estado?¿A los mercados y sus necesidades? ¿A la comunidad donde uno pertenece? ¿A la sociedad donde uno vive?

Nos pronunciamos: debe servir a la especie, para desarrollar la dimensión humana en sintonía y correspondencia con el hábitat del que se forma parte (el ecosistema). No se puede sobrevivir en el trópico comportándose como si se estuviera en la zona polar. No crece trigo en la estepa.

Segunda pregunta:  Está bien que fortalezcamos nuestra integración con la Naturaleza, pero ¿cómo?:

Nuestra propuesta: buscando el equilibrio con uno mismo y la armonía con el entorno. Y en esta búsqueda del equilibrio, es interesante recordar el enunciado de Yuval Noah Harari, doctor en Historia por la Universidad de Oxford, cuando investigando qué podemos entender por felicidad nos dice: “podría ser que toda nuestra manera de entender la historia de la felicidad, estuviera mal encaminada. Quizás no sea tan importante satisfacer las expectativas de la gente, y que las personas experimenten sensaciones agradables. La pregunta principal es si la gente sabe de verdad quién es.”

Tercera pregunta: Cierto es y será cada vez más importante, constatar que la capacidad de desarrollar los comportamientos más apropiados al entorno a fin de retomar la dimensión humana en todo lo que hacemos, empieza allí donde esté cada persona, cada grupo y cada cultura. Salimos de un largo periplo de más de  tres siglos, donde el gran avance industrial ha forjado una prosperidad material sin precedentes, simultánea a una globalización hegemónica de la economía, de tal manera que hace imprescindible no olvidar el aforismo de que “aquello que no se puede contar, no cuenta; pero aquello que se cuenta, no es”. Debemos preguntarnos si no va siendo hora de girar el foco de todas nuestras actividades hacia las personas como centro de aquellas. Una respuesta así tiene su fundamento no en un “supuesto humanismo”, sino en el amor y la inteligencia de entender la profundidad del cambio de época que vivimos que exige encontrar en el talento y las forma de organizarse talentosas, en la creatividad no amenazada por cualquier forma de uniformidad, para que la fuente del progreso no sea sólo material sino también de todas las dimensiones humanas. Y hacerlo en el contexto de un escenario planetario.

Cuarta pregunta: Sí, éste es el contexto en que nos movemos, ¿puede haber una educación que no entienda la necesaria correspondencia entre los múltiples agentes educativos diversos y una nueva identificación de contenidos sin compartimentarlos en disciplinas aisladas y parcializadas de conocimiento? ¿puede educarse sin atender a la formación del yo personal de cada estudiante para que encuentre la fuerza de su propio talento, su propia luz? ¿cómo intentar preparar niños y jóvenes, que deberán atender principalmente, situaciones de imprevisibilidad y situaciones inciertas, con decisiones arriesgadas y inéditas sobre la propia existencia? ¿se puede prever ante la aceleración tecnológica y compleja del mundo que ya está aquí, la preparación de los futuros responsables de lo que vendrá, si no es activando la conciencia, no sólo la proporcionada por la razón, sino la conciencia sensorial y trascendente? (como resumía Pascal gran matemático): “El corazón tiene razones que la razón no puede entender” ¿Debemos confiar en nuevas  especies, como la robótica u otras alternativas, para la superación de aquellos retos que hemos provocado, sin que nos atrevamos a superarlos nosotros mismos? ¿Tiramos la toalla y como en consecuencia, dejamos que sea el mundo científico quiénes, a lo mejor con escasa confianza en la especie como un todo, sea la que propicie soluciones no humanas? ¿Será superior la confianza en algo nuevo, de naturaleza mayor que la que depositamos en nosotros mismos como especie? ¿Podremos constatar que nosotros como individuos somos muy inteligentes, pero que, como especie, somos idiotas? ¿Es que sin especie, hay individuos?

Quinta pregunta: Crecer uno mismo, aprender quién eres y qué quieres, saber decidir sabiendo en profundidad “lo que quiero y lo mucho que lo quiero” (sic Nilton Bonder), comprometerse no por el análisis de las razones, sino por el impacto social de las consecuencias de las decisiones. Aprender a discernir razonando los aspectos de nuestro compromiso para poder minimizar riesgos, ¿no es ello de mayor enjundia, para sacar adelante y construir el futuro de la especie y del planeta? ¿Que sea muy difícil, que no estemos preparados para llevarlo a cabo, que no es lo que habíamos aprendido a hacer? Pues, empecemos enseguida, sin perder tiempo a aprender de nuevo lo que ahora se precisa, desaprendiendo aquello ya obsoleto. Con lo que hacemos y hemos hecho hasta ahora no tenemos suficiente, ni podremos bajar los enormes porcentajes de fracaso escolar, pero sobre todo formaremos ineptos para la vida a costes muy altos que nos demostrarán que el sistema de la eficiencia (el actual) es totalmente ineficiente. No lograremos una necesaria educación para los retos que tenemos, aprobando asignaturas, ni sacándonos títulos, que no nos sirvan para resolver los problemas que detectamos hoy. La vida no está en los libros. La vida está en vivirla, y de lo que experimentamos desde las propias vivencias aprender con los libros y no de los libros. Con todo el conocimiento acumulado hasta ahora, ya envasado en múltiples espacios, pero, sin que se haya experimentado la vida, veremos, como ya vemos, que la letra no entra por sabia que ésta sea.

Sexta pregunta: ¿puede la respuesta a estas preguntas provenir de un gurú, de un centro educativo con nuevos modelos, o con cualquier tipo de experimento aislado en un determinado territorio? Podría ser si la respuesta debiera ser única. Si se tratara de encontrar un modelo uniforme válido para todas las culturas y territorios. Pero no va así. Precisamente, las respuestas ya están en las mismas preguntas y obedecen sin lugar a dudas a la necesidad de que no haya recetas sino que se estimule el talento diverso de todos los agentes que sepan y quieran escuchar y comprender a los estudiantes, especialmente a los que se aburren y que abandonan los estudios para no retomarlos jamás.

Séptima pregunta:  Y ¿por qué abandonan los estudios, los que los abandonan? Buscamos respuestas en los que están y no en los que no siguen, en los que se van. Por suerte cometemos errores y podemos aprender de ellos. Pero previamente hay que reconocerlos. Y para ello mejor no ir solos, sino hacerlo en colaboración. Buscar con otros, es encontrar antes.

CUANDO CREÍAMOS QUE TENÍAMOS TODAS LAS RESPUESTAS,

DE PRONTO, CAMBIARON TODAS LAS PREGUNTAS.

Pere Monràs

Políticas educativas: ética y estética

Se me ha pedido una reflexión sobre la relación entre la política y la educación. Las implicaciones merecen, no una sugerencia puntual sino una reflexión de cómo entendemos que el futuro se construye con una educación adecuada a los tiempos que vivimos. Una educación para nuestros hijos, presumiendo lo que puedan encontrarse cuando lleguen a su mundo adulto, un futuro por definición imprevisible e incierto.

Si aceptamos este inicial planteamiento convendremos que a buen seguro un cambio de época como el que nos ha tocado vivir exige replantearnos con rigor cómo repercute todo ello en la estética y la ética del educar.

En primer lugar, aclarar que hablamos de educar, no de enseñar. O profundizando, dilucidar si enseñar es educar o si, según lo que enseñemos, se produce el efecto contrario: deseducar. Razones para ello, las encontramos en los fracasos en diversos ambientes educativos conocidos: unidades convivenciales poco estructuradas (familiares u otras), escuelas cerradas, curriculums fuera de la realidad actual, relaciones entre maestro y estudiante, profesor y alumno, ciudadano y sociedad en franca desconfianza unos de los otros, etc.

En segundo lugar, los agentes educativos ya no son determinados profesionales, somos todos en nuestros respectivos roles. Si limitamos la educación a enseñar o instruir o dar contenidos especializados sin relación con el contexto, estamos dando lo que uno sabe, pero no necesariamente lo que el que debe aprender, requiere. Emulando un dicho: “Un mal maestro dice lo que sabe; un buen maestro sabe lo que dice”.

En tercer lugar, y quizás más importante, deberíamos pensar de qué se trata cuando pretendemos mejorar los sistemas educativos. Introducir innovación o tecnología, aumentar o disminuir horarios pero seguir con contenidos diversos y compartimentados, enclaustrar en aulas convencionales (aunque con pizarra electrónica) a grupos homogéneos en edad, seguir con las clases en una sola dirección (del profesor al alumno), evaluando con todo tipo de métodos y secuencias para alcanzar una competencia, representada por un título. En definitiva, debemos preguntarnos si se trata de un nuevo modelo educativo o de profundizar en metamodelos educacionales.

Para ello, no es suficiente la pedagogía como metodología o cualquier otra conveniencia sea moda o novedad. Lo que se requiere es pensar en grande, sentir y pensar en la evolución de la especie como individuos sociales que somos y sentir y pensar biomiméticamente en el sentido de superar el antropocentrismo y sumergirse de lleno en el “Somos Naturaleza”.

La naturaleza hace y luego corrige, la naturaleza comete errores, nuestra especie no aprende de los errores y aspira a no cometer ninguno. En palabras de J. Zalman: “Tus buenos juicios aprenden de los malos”. En otras palabras, el ADN ha encontrado la manera “perfecta” de afrontar las limitaciones del mundo físico, empleando un sofisticado sistema de defectos cuya reparación llevará a una refinada forma de corrección “El ADN hace primero, luego oye y juzga.”

Y como dice Nilton Bonder “uno de los grandes desafíos en educación es mantener el discernimiento (la capacidad de razonar) y el compromiso (la capacidad de identificar y decidir lo que quiero), en proporciones adecuadas. Cuando los estudiantes se vuelven aburridos es porque su educación favorece el discernimiento frente a la experiencia. Pone un gran valor en la luz, pero no enseña cómo reconocer las velas próximas que también tienen el potencial de arrojar luz.”

Y aún más, citando a Bumam, “cuando tengo la clase llena, encuentro muy difícil enseñar…, porque todas y cada una de las personas necesitan su propia comprensión…, y cada uno busca su propia perfección. Así que lo que doy a todos, a todos se lo quito”. Cuando algo es reducido a puro discernimiento, cualquier enseñanza resta en lugar de sumar.

Así pues valdría la pena responder a la pregunta para las “REFORMAS EDUCATIVAS”  ¿nos falta estética (forma) o ética (fondo)?

 

Pere Monràs

La comunidad educativa IV: Padres y ciudadanos

“Eres como alguien que camina con un guía por el bosque en una noche oscura.

Tan pronto como el guía se aparta de tí, la oscuridad domina,

pero si llevas tu propia luz, no debes tener miedo de la oscuridad”

Rizin

 

“La escuela empieza en casa y junto a la comunidad donde se vive.” Esta afirmación puede dejar sin sentido la demanda que tantas veces hemos oído: “Queremos una educación pública y gratuita.” Será que sí, o que no, pero el tema merece discernimiento y sobre todo compromiso. Porque, ¿cómo podemos desunir familia y escuela? ¿O es que la primera no cuenta y se delega en la segunda toda la responsabilidad? ¿Quién educa? ¿Quién enseña? ¿Cómo aprendemos juntos a educarnos? Como dice Bunam: “Un mal maestro (padre o profesor) dice lo que sabe; un buen maestro (padre o profesor) sabe lo que dice.” En el primer caso, es posible discernir pero sólo en el segundo se forja un compromiso.

Si la educación empieza junto a los padres y con el ejemplo del entorno del que se forma parte, convendremos que debe haber pedagógicamente hablando, una línea de continuidad con la escuela. Lo que se hace en casa, debe corresponderse con lo que se educa o se enseña en la escuela. Si no es así, y no se corresponden una con otra, situamos al alumno frente a un modelo contradictorio, con la posibilidad que, frente al conflicto, estalle la decepción, la frustración y el abandono motivacional de los estudios. El alumno debería gritar: “pónganse de acuerdo, esto no hay quién lo aguante.”

Si los padres asumen la responsabilidad principal de la educación desearán, en consecuencia, que la escuela se corresponda con sus criterios. Y evitar así un adoctrinamiento con el que no están de acuerdo. Pero la contradicción no puede llevarse al terreno de la confrontación. El precio de la lucha es alto e insostenible. Lo lícito sería que los padres pudieran tener la opción de cambiar a otra escuela más apropiada para ellos (libertad de selección de centro). Algo muy diferente a obligar a la escuela a atender situaciones a despecho del proyecto pedagógico global, o si fuera el caso, de volver a establecer las bases educacionales en un entorno no reglado o super regulado en cuanto a materias (contenidos) o metodologías (procesos educativos). De hecho, en determinados países la escolarización permite iniciativas no regladas o no convencionales en las que la educación corre a cargo de los padres o de grupos de padres.

Pero en cambio, si exigimos la responsabilidad pública de la educación, que viene inherente al concepto de “gratuidad”, lo que decimos es que el sistema educativo debe estar regido por las autoridades competentes. Y en este caso, propiciamos la potencialidad de un conflicto de intereses. Primar lo público, por delegación expresa, frente a lo privado, que conlleva en si mismo la lucha de contrarios, la contradicción misma que ata a unos y otros en una disputa irresoluble.

Cierto es que conforme avanza la sociedad en el desarrollo del Estado del Bienestar, se consiguen grandes beneficios, pero a la vez se generan grandes problemáticas y el balance entre las dos partes no siempre resulta armónico. ¿Puede el Estado (representación genuina de la responsabilidad pública) ofrecer una educación atenta a servir complementariamente las diversidades motivacionales de las familias hacia una educación que integre a las partes competentes? Experiencias pedagógicas basadas en el principio, por parte de la escuela, de no aceptar injerencias de las familias en los sistemas y metodologías empleados, para que la escuela pueda dar un sentido y propósito educativo completo, las hay. Y en ellas se ha constatado que puede, en un momento dado, hacerse incompatibles las respectivas posiciones. El resultado: que la escuela debe ceder en sus principios pedagógicos o que sea el alumno el que debe abandonar la escuela para irse a otra más en consonancia con lo que pueda considerar la familia apropiado. No existe servicio educativo a la carta. Hay que tomar el menú preparado que acostumbra a no tener opciones. Con el agravante que no pagamos, sino que le damos a la administración el encargo para que pague sin más, con nuestras contribuciones a la hacienda estatal.

Esta evidencia de conflicto potencial se incrementa aceleradamente cuando ello vamos más allá de la confrontación entre familia y escuela, para alcanzar una confrontación entre los diferentes criterios que puedan desvelarse (por cualquier interés no necesariamente educativo) entre administraciones competencialmente implicadas, como pueda y de hecho ocurre, entre el Estado y las Comunidades Autónomas .Estamos entonces ante un conflicto mayor: un conflicto de poder político, donde siempre tiene opción de ganar  el poder más fuerte, a costa eso si, siempre, de una merma en la calidad democrática, de falta de respeto a las minorías y a su diversidad como máximo valor de una comunidad. La uniformidad en si misma es un paso hacia el desastre, en términos de cohesión social.

Sólo el reconocimiento de la diversidad como valor puede ser admitida como sistema válido, aunque suponga dejar la economía, en términos de desarrollo humano, en segundo lugar y sobre todo, como consecuencia y no como premisa. De ahí que, con tanto ahínc, se quiera constreñir, tal vez con “alevosía y nocturnidad”, un control de los medios económicos y de los recursos materiales necesarios sin que se pueda sacar adelante lo más importante en toda comunidad como es la educación y preparación del factor humano. Los resultados están en no poder recuperar la dimensión perdida, la dimensión humana, cuando nadie ni nada debería dejar de ser favorecedor de ella, aunque hubiera razones de productivismo y aparente eficiencia económica, a costa, y sacrificando la efectividad y haciendo aquello que sea bueno hacer.

La desestructuración de las familias por razones varias y la consiguiente falta de cohesión en las comunidades naturales donde se vive (comunidades vecinales, barrios…) no están siendo consideradas, ni merecen la atención debida del sistema económico hegemónico existente. Éste, cerrado a lo que no sea la acumulación de capital, por parte de aquellos que se dedican a ello, conlleva una decadencia irrecuperable de los valores democráticos y de la construcción de sociedades plurales conviviendo en equilibrio y armonía.

Cierto es, a nuestro criterio, que la adoración papanata a los becerros de oro del dinero y la tecnología, como muchos creen, no son las vías para la recuperación de lo que afecta a tantas y tantas personas. Quizá sería más efectivo y eficiente, en términos socio-económicos, una focalización clara hacia la diversidad de modelos educativos. En la situación actual se enseña, casi en exclusiva, a discernir racionalmente para entrar en el mundo del trabajo (que tampoco) y, en cambio, deberían fortalecerse el establecimiento de compromisos para aprender lo necesario para afrontar los retos del vivir cotidiano en una sociedad totalmente diferente de cuándo se diseñaron las escuelas, evitando contraposiciones con las bases propias y singulares de las personas.

Confiamos excesivamente en la política, para resolver estos importantes temas y quizás debamos preguntarnos si lo hacemos porque no confiamos en nosotros mismos y en la capacidad libre y madura de las personas, las familias y las comunidades naturales. O tal vez porque el Estado no entiende que es hora de aplicar la teoría de la devolución a la sociedad de aquello que en un momento, la misma sociedad, le delegó la responsabilidad de hacer. Claro está, y ya se dijo en otro tiempo no lejano, y desde tribunas políticas muy cualificadas, que la sociedad no existe: sólo existe el estado y los ciudadanos (Tatcher).

¿No será éste, el gran error? ¿o quizá es el fruto deseado por un política de globalización que atañe prioritariamente los intereses económicos? ¿O es que se cree que la prosperidad sólo puede venir de un crecimiento anual creciente, debido a que estamos utilizando el crédito de las generaciones futuras en base a un endeudamiento insostenible, falacia absurda de nuestro tiempo? ¿Se lo comentamos a nuestros hijos, para que estén preparados para lo que les echamos encima? ¿Qué nos dicen, ellos?

Pere Monràs

 

El arte de acompañar: profesores, maestros, guías, pedagogos…

Como participante en un programa de liderazgo organizado por el CTI de California, disfruté de un poema que nos facilitaron, relacionado con el trabajo de cuidar a otras personas. En aquel tiempo, como médico oncólogo, había atendido a muchos enfermos en situaciones límite por razones de su enfermedad. En esa función de acompañamiento hacia el final de la vida te preguntabas qué podía diferenciar las actitudes con las que cada uno de ellos se enfrentaba a la muerte.

Sin hacer ninguna categoría, cierto es que la impresión recogida, de manera muy intuitiva, era que llegamos a morir tal y como hemos vivido. Es decir, que las actitudes que tomas en la vida te acompañan al final.

Me pareció que era toda una experiencia provechosa para uno mismo que da sentido y propósito, y por tanto una valiosa reflexión sobre las actitudes que mantienes cotidianamente, seas médico, profesor o director de un centro escolar. Una reflexión sobre como te creas a ti mismo en lo referente a los que deseas ser.

Volviendo al poema, se describían tres grandes actitudes motivacionales en el proyecto de vida que se escogía.

En primer lugar, mencionaba los “fixer” (traducible por aquel que sabe = el prescriptor) como aquel que prescribe lo que conviene a los demás, y donde mi función de oncólogo se reflejaba muy bien. Siempre procurando no hacer daño. Siempre intentando lo mejor. Siempre recomendando lo que pudiera aminorar los síntomas. Y hacerlo como dicen los anglosajones con “compassion”. Y así, en todos los casos, fueran las actitudes detectadas de un tipo u otro. La oferta es la “dosis” que se da.

En segundo lugar, el “helper” (traducible por aquel que cuida = cuidador) como aquellos que van más allá de uno mismo, dando a los que “cuidan” aquello que pueda necesitar, en un orden amplio de tópicos de la cotidianidad (higiene , nutrición, cuidados …). Lo hacen profesionalmente o voluntariamente, pero como intercambio entre las partes. Dando, reciben; y reciben en cuanto que dan. La oferta es la satisfacción del otro.

En tercer lugar, el “server” (traducible como “los que dan servicio”) como aquellos que no dan porque se lo piden, sino que dan porque quieren, porque sin ningún intercambio material, sienten la necesidad de dar. La suya es una vocación de servir y de dar a cambio de nada. Son aquellos que no hacen para obtener algo, sino porque ellos lo necesitan, en tanto que entienden la vida y su propio proyecto de vida como de servicio a los demás. La oferta se hacer que el otro aprenda a ser autónomo y libre.

Como podemos constatar la función de sherpa, la función de acompañar a quien sea a hacer su camino y dar ayuda para que se salga, se corresponde al “fixer” o al “helper”, pero es verdad que en la vida, y por lo que uno define como proyecto de vida, mejor un “server”, es decir, aquel dispuesto a acompañarte desde la propia y probada sabiduría. Este es el “maestro” y no hay duda de que a veces el profesor podemos decir que es más el helper, y cuando no fixer.

En cualquier caso los niveles motivacionales en la literatura más cercana, como lo son las escuelas de negocio, describen de otra manera, pero muy similar, los niveles motivacionales siguientes:

  • motivación extrínseca como aquella que te mueve a contribuir por lo que recibes (remuneración, acceso a más…)
  • motivación intrínseca como aquella que da satisfacción a las condiciones de trabajo: los medios que tienes para hacer bien lo que se te pide, lo que se te permite aprender y aportar.
  • motivación transcendente como lo que independientemente de las otras motivaciones no dejarías de hacer que el proyecto que se te propone lo compartes y sientes como propio.

A todos nos corresponde, sin autoengañarnos, calibrar cuanto de cada y cuál de estas motivaciones es la que te mueve, cual es la predominante y a que estás dispuesto. Dicho de otro modo, una reflexión por la vida es saber en qué grado tú te identificas como fixer, como helper o como server.

La pregunta potente a contestarse es aquella que te puedas hacer en relación a:

En estos momento de la historia, en 2015, momento en el que te toca vivir ¿qué has venido a hacer? ¿En que contribuyes a tu especie? ¿Hasta donde te sientes Naturaleza y la preservas con los otros seres vivos?

When you fix, you see life as broken

When you help, you see life as weak,

When you serve, you see life as whole

Pere Monràs