Educación en valores

Claro que también podríamos hablar de los valores de la educación. ¿Por qué no? Siempre hay que dar la vuelta a la hoja. Probablemente veremos que la otra cara no está escrita y queda libre para escribir lo que uno siente y quiere, en vez, de lo que te dicen que debes leer y aceptar.

Veamos el ejercicio en base a “Educación en valores”:

Si se trata de educar en valores puede entenderse que determinados conceptos representan valores que deben ser enseñados. Forman parte de la educación para que los comportamientos se adecúen a estos valores.
¿Qué pregunta suscita esta reflexión?
¿Por qué estos valores que nos vienen dados y no otros que sentimos con mayor intensidad?

Recuerdo que en épocas de la dictadura había cuatro asignaturas clave para obtener nota: Urbanidad, Disciplina, Aplicación al estudio y Formación del espíritu nacional. ¿Es que alguien que se encuentre hoy en edad escolar puede reconocer como suyos estos valores, aceptando lo que estos significados esconden? ¿Cómo pueden existir determinados “textos” sin que tengan relación con su “contexto”?

Es por ello que el maestro filósofo José Antonio Marina nos dice en su libro “La educación del talento”:

“Todos estamos construyendo una catedral, grandioso proyecto de mantener la humanidad de nuestra especie, de garantizar el futuro, de edificar un mundo habitable, y eso libra a nuestras acciones diarias de la insignificancia y el sin sentido. Con la pequeñez de nuestras acciones estamos creando un mundo, haciendo realidad una utopía.”

Veamos ahora el ejercicio planteado en base a “Valores de la educación”

Desde esta otra perspectiva, prevalece el valor de la educación en sí misma sin necesidad de atribuirle atributos predefinidos. Cada época, cada contexto, debe ser valorado y tenido en cuenta porque cada situación exige valores que encajen con su tiempo. No podemos dar por sentado “lo que toca”. Debe ser repensado, redefinido y es preciso hacerlo en forma apropiada. Antes alguien decía lo que se consideraba adecuado para todos. Hoy todos quieren decir algo para sentirse implicados individualmente.

Y cuando el contexto exige esto o aquello, cuando el valor democrático deja ya de querer ser sólo representativo, resulta esperpéntico considerar que la norma sigue siendo intocable e inmodificable.

Quizá sin ahondar más en el tema podemos afirmar nuestra conformidad con lo que un ex ministro de Cultura, en otros momentos más creativos de nuestra sociedad, dejó dicho:

“No debemos pensar sólo en el mundo que dejamos a nuestros niños, sino en los niños que dejamos a nuestro mundo.”

Jorge Semprún