¿Control externo o control interno?

El reto de garantizar una educación que fomente la responsabilidad individual y el respeto a los demás.

La idea de desarrollar este tema partió de una visita a una escuela que daba al alumnado una lista de 15 normas que establecían desde cómo vestirse, a cómo moverse por el centro, e inluso de qué manera y en qué tono debían dirigirse a los profesores.

La sacralización, en definitiva, de la norma como mejor medio de conseguir comportamientos adecuados. ¿Qué evidencias tenemos de que la ley, las normas, las obligaciones -todas ellas mecanismos de control externo- sean efectivas y fomenten la responsabilidad individual? ¿No será precisamente al revés? ¿Por qué no fomentar la responsabilidad y el respeto? Tal vez así logremos hacer propias las normas de convivencia que establezcamos.

Pero no podemos hablar de ello pensando sólo en la escuela. Al fin y al cabo, las escuelas fueron y siguen “pensadas” para enseñar y/o instruir y en unos pocos casos (por suerte, cada vez más numerosos) para educar. Sólo hay que ver que es lo que se evalúa al final de cada año académico. Dime qué incentivos ofreces y te diré que obtendrás.

Así pues, la creación de hábitos y rutinas adecuadas para promover la responsabilidad y el respeto no sólo obtienen escaso éxito, sino que además, como ya se ha dicho, ni se tienen en cuenta en la cuantificación de resultados. La medida del éxito, por lo general, no atiende a otra cosa que establecer una calificación cuantitativa de competencias en campos diversos de conocimiento y disciplinas fragmentadas.

Se progresa en los conocimientos que no en los comportamientos. Las exigencias de los exámenes y la titulación parecen importar más que las propias exigencias de la vida.

La enseñanza se topa siempre contra el mismo muro cuando el “enseñado” tiene poca o ninguna motivación y más cuando
no se parte de las necesidades del alumno sino de la obligación de impartir unos conocimientos reglados y homogéneos para todos.
Bajo estas condiciones no se da, en definitiva, el contexto apropiado y necesario para el aprendizaje.

¿Y qué hacer? Todos buscamos recetas para aplicar y pronto recurrimos a lo habitual: culpabilizar al sistema educativo. La presión social logra así que cada poco tiempo surjan nuevas medidas. Un ejemplo reciente de esta insensatez: españolizar a los alumnos por medio de una nueva ley. La educación no es adoctrinamiento, ni tan siquiera instrucción. La educación es cultura. Pero la cultura hay que amarla, al igual que hacen los buenos profesores con su clase.

Lógicamente, si la pregunta a responder está mal formulada todas las respuestas que se obtengan serán, cuando menos, inadecuadas. Creemos que no es tiempo de buscar y aplicar recetas, sino de pensar qué es lo que no funciona en la sociedad, en lugar de culpabilizar a las escuelas. Las recetas son siempre esquemas, una simple reducción del arte de cocinar. Enseñar a pensar es aprender a cocinar, no tanto por la receta en sí, sino por el “saber hacer” que se ha practicado.

La pregunta no es la que nos hemos hecho siempre: enseñar para tener un empleo, una profesión, un trabajo. Ahora la pregunta es otra: ¿qué necesitamos para vivir autónomamente en una sociedad compleja y diversa, de marcado carácter transcultural, inmersa en potentes flujos de refugiados e inmigración, sin mecanismos de integración reales (y muchas veces humillantes), sometidos a guetos donde sobrevivir, con una disparatada y creciente desigualdad social?

Seguimos sin dar respuesta a las demandas de una importantísima parte de la sociedad, la juventud, preparándola para adquirir competencias aunque dejando de lado la mayor de todas ellas, la competencia para la vida.
Estamos hablando de saber afrontar una vida de incertidumbre, de obligada improvisación cambiando nuestro paradigma mental, comprendiendo mejor nuestras funciones cerebrales y tomando conciencia de nuestras actuales coordenadas antropocéntricas y no biomiméticas. Ya no estamos en la era newtoniana de los cuerpos físicos.

En un mundo donde la física cuántica establece que todo es energía y todo está conectado parece cuanto menos esperpéntico que sigamos pensando de forma causal y mecanicista.
Nos organizamos todavía mediante una pirámide de cargos jerárquicos y esperamos esperanzados que sean las tecnologías, y no las metodologías, las que nos aporten las soluciones.

Pensamos que todos son clavos y sólo vemos martillos, trabajamos en lo que se ve y no sabemos distinguir en lo intangible. No hemos entendido que el iceberg enseña una décima parte de su volumen total y que es justo lo que permanece bajo la superficie lo que hundió al Titanic.

Escuela y sociedad están íntimamente relacionadas, no existe la una sin la otra.

Quizás no se trate de dar recetas para aplicar tecnología en las aulas sino de aportar metodologías participativas para estimular el empoderamiento, la confianza y la autoestima de los alumnos.

Quizás esta estima que tanto se echa en falta no puede trasladarse a la educación porque tampoco está en casa, en los barrios, en las oficinas, en el trabajo, en la sociedad.

Quizá hemos convertido nuestra existencia en una carrera por la suprvivencia en una jungla en la que, como afirman los“malos darwinistas”gana el más fuerte y no el que mejor se adapta.

Quizás nuestros ídolos actuales (el dinero y la tecnología) no sean las llaves del progreso.

Quizás deberíamos dejar de buscar el progreso fuera de nosotros mismos y ocuparnos en desarrollar todas nuestras potencialidades, nuestras múltiples dimensiones humanas.

Quizás debamos cambiar la pregunta o quizás no nos atrevamos a preguntar. Por miedo a que no nos respondan o por miedo a lo que nos respondan.

Si nos atenaza la duda, siempre podemos seguir pensando como hasta ahora , aunque, claro está, no cabrá esperar nada nuevo.
No hace falta ver más allá del recodo de ese camino. Todos sabemos a dónde nos conduce.

Conectar y compartir: correspondencia educativa entre la familia y la escuela

Sólo estos dos verbos ya explican por sí mismos lo que debería ser totalmente normal. Las relaciones de familia precisan de estas dos acciones: por razones substantivas propias de unas vidas entrelazadas y también por razones instrumentales, fruto de una larga convivencia. Esta relación es, o debería ser, similar a los vasos comunicantes donde las partes se aportan mutuamente lo necesario para mantenerse en equilibrio armónico.

Nuestras formas de vida y de relación provocan muy tempranamente que se rompan estos lazos naturales y se establezcan otros tipos de relación muy diversas pero en absoluto complementarias.

Recientemente, una madre muy inquieta por la educación de sus hijos me contó lo siguiente:

“Es fundamental que aquello que se vive en el seno de la familia tenga un reflejo en lo que se experimenta y se transmite en la escuela, y a la inversa, para no crear distorsiones en la educación de los niños. Yo, si me permites (decía ella), iría un paso más allá y también haría referencia a la necesidad de romper las fronteras que a veces se establecen para “proteger” al niño de no se sabe bien qué. Podemos estar seguros que las competencias de padres y educadores resultan mucho más enriquecedoras cuando se aportan en colaboración y con total implicación”

“En este sentido, comparto con vosotros la experiencia que vivimos este sábado en la escuela de mi hija donde se celebró una Jornada de puertas abiertas para participar del Día del Bricolaje y realizar tareas de mantenimiento entre los padres y madres. Como resultado, El lunes siguiente los peques de Infantil y Primaria pudieron disfrutar de una casita de madera o de una pared musical gracias al esfuerzo de padres y madres”.

 Sin embargo, no nos confundamos. Ensalzamos la cooperación y la implicación, pero no necesariamente para hacer tareas de mantenimiento o bricolaje. Sin duda puede estar muy bien, pero lo que decimos es que colaborar y ejercer el compromiso en realidad son los elementos esenciales que necesita toda educación. Luego vendrán los aprendizajes necesarios para poder discernir adecuadamente y poder llevar adelante nuestros compromisos. Pero primero debemos comprometernos seriamente. Porque descubrir aquello en lo que uno quiere comprometerse es aprender a saber qué es lo que uno quiere y saber lo mucho que lo quiere. No se trata de saber hacer. Se trata de saber hacer lo que sea bueno hacer.

Una postura que requiere coherencia y solidez y que nos recuerda la situación de aquel que, tras recordar que detrás de los números hay personas, es replicado “por el que lo cuenta todo”: pues apartad a las personas.

La colaboración y la implicación -conectando con afines y con menos afines- es, con toda seguridad, lo que nos permite dar la vuelta a un sistema marcado por la corrupción en la que las camarillas tratan de impedir que se actúe con transparencia.

Conectar y compartir es educar en el compromiso como individuo social. Fomentar el sentido de pertenencia a una especie humana que comparte con otras especies un planeta cuyo recursos naturales cada vez son más limitados. Esta es la parte más importante de la educación que podemos lograr para nuestros hijos.

La correspondencia educativa entre la familia, la propia comunidad y la escuela no pretende fomentar el humanismo sino prepararnos para la supervivencia. Se trata de aprender a formular y desarrollar nuestro Proyecto de Vida. El de cada uno de nosotros.

La reforma educativa no puede enseñar mejor, debe asegurar que se aprenda lo que es vital para vivir una vida con auténtica dimensión humana.

En el pasado, en el WISE (World Innovation Summit for Education) se afirmó con contundencia que no se trata de separar familia y escuela, escuela y comunidad, una comunidad y otras comunidades. No se trata de crear fronteras que nos separen ni muros que encierren, sino de conectarnos con todos y cada uno de los aspectos reales de la vida y de sus valores. En síntesis, debemos centrar nuestros esfuerzos en todo lo que compete a la dimensión humana.

 

Els alumnes d’Escola Pia Sarrià i Sangakoo al Catakrac de BarcelonaTV

Tenim el plaer de compartir amb vosaltres el reportatge sobre Sangakoo a Escola Pia de Sarrià emès el dissabte 21 de novembre al programa Catakrac de BTV. Ens agrada especialment perquè els absoluts protagonistes són els alumnes de l’escola. Ells el presenten, el protagonitzen i ens expliquen en primera persona quines són les seves experiències creant i compartint problemes amb la metodologia. Ens quedem amb la frase d’en Nico “les matemàtiques són quasi la base de la vida, perquè les mates ens ajuden a fer quasi tot”. Doncs esperem seguir ajudant als nens i les nenes a seguir gaudint i aprenent de les matemàtiques per a la vida.

Educación en valores

Claro que también podríamos hablar de los valores de la educación. ¿Por qué no? Siempre hay que dar la vuelta a la hoja. Probablemente veremos que la otra cara no está escrita y queda libre para escribir lo que uno siente y quiere, en vez, de lo que te dicen que debes leer y aceptar.

Veamos el ejercicio en base a “Educación en valores”:

Si se trata de educar en valores puede entenderse que determinados conceptos representan valores que deben ser enseñados. Forman parte de la educación para que los comportamientos se adecúen a estos valores.
¿Qué pregunta suscita esta reflexión?
¿Por qué estos valores que nos vienen dados y no otros que sentimos con mayor intensidad?

Recuerdo que en épocas de la dictadura había cuatro asignaturas clave para obtener nota: Urbanidad, Disciplina, Aplicación al estudio y Formación del espíritu nacional. ¿Es que alguien que se encuentre hoy en edad escolar puede reconocer como suyos estos valores, aceptando lo que estos significados esconden? ¿Cómo pueden existir determinados “textos” sin que tengan relación con su “contexto”?

Es por ello que el maestro filósofo José Antonio Marina nos dice en su libro “La educación del talento”:

“Todos estamos construyendo una catedral, grandioso proyecto de mantener la humanidad de nuestra especie, de garantizar el futuro, de edificar un mundo habitable, y eso libra a nuestras acciones diarias de la insignificancia y el sin sentido. Con la pequeñez de nuestras acciones estamos creando un mundo, haciendo realidad una utopía.”

Veamos ahora el ejercicio planteado en base a “Valores de la educación”

Desde esta otra perspectiva, prevalece el valor de la educación en sí misma sin necesidad de atribuirle atributos predefinidos. Cada época, cada contexto, debe ser valorado y tenido en cuenta porque cada situación exige valores que encajen con su tiempo. No podemos dar por sentado “lo que toca”. Debe ser repensado, redefinido y es preciso hacerlo en forma apropiada. Antes alguien decía lo que se consideraba adecuado para todos. Hoy todos quieren decir algo para sentirse implicados individualmente.

Y cuando el contexto exige esto o aquello, cuando el valor democrático deja ya de querer ser sólo representativo, resulta esperpéntico considerar que la norma sigue siendo intocable e inmodificable.

Quizá sin ahondar más en el tema podemos afirmar nuestra conformidad con lo que un ex ministro de Cultura, en otros momentos más creativos de nuestra sociedad, dejó dicho:

“No debemos pensar sólo en el mundo que dejamos a nuestros niños, sino en los niños que dejamos a nuestro mundo.”

Jorge Semprún

Aprender más allá del aula (II): educación virtual

Tal como hemos comentado en entradas anteriores de este blog, educación y enseñanza no son términos equivalentes sino que, sirviendo a la misma finalidad, pretenden cosas distintas.

La educación se define (Diccionario Espasa-Calpe) como el desarrollo de las facultades intelectuales y morales de una persona. Otras acepciones serían: dirigir, encaminar, adoctrinar, enseñar buenos usos de urbanidad y cortesía o bien adiestrar los sentidos. Estamos hablando, en definitiva, de un proceso de acompañamiento en el que un guía (sherpa) nos ayuda a superar los retos a los que debemos enfrentarnos para alcanzar nuestros objetos.

Por otra parte, por enseñanza entendemos (Diccionario Vox) la acción de comunicar conocimientos, habilidades, ideas o experiencias a una persona que no las tiene con la intención que las comprenda y haga uso de ellas. También se define como:

Mostrar una cosa o a una persona a la vista de alguien.
Dar una información, un dato o una señal que permita llegar al conocimiento de una cosa.
Dar clases como profesor o maestro.

En este caso, se trata de ser buenos transmisores y traductores para que no sólo se entienda lo que se deba conocer sino que además se comprenda.

Estos conceptos, no excluyentes sino complementarios, presentan una interesante propiedad. Combinados adecuadamente, permiten superar la secuencialidad propia del patrón convencional: primero las estructuras, luego los procesos y finalmente los contenidos.

Los tiempos actuales avanzan, sin duda, en otra dirección. La obsolescencia de los modelos clásicos ha dejado al descubierto un escenario mucho más complejo y diverso. Este cambio radical, potenciado por la aceleración tecnológica, nos obliga a plantear un metamodelo que permita dar la vuelta a lo que ya no funciona, especialmente por lo que respecta a los servicios públicos fundamentales.

Bajo este nuevo enfoque resulta obvio que deberemos partir primero de un rediseño en profundidad de los contenidos para establecer luego procesos bidireccionales e interactivos entre las partes para, finalmente, plantearse unas infraestructuras mínimas siempre que sea necesario.

En este contexto, también la escuela debe relacionarse de manera coherente con su entorno, buscando la complicidad con todo lo que le rodea, también el plano del aprendizaje virtual.

Es tiempo de articular iniciativas transformadoras que se extiendan más allá del aula demostrando que ya no podemos seguir pensando de forma parcial y compartimentada, sino que debemos contemplar simultáneamente el todo y la parte, de forma sistémica. El gran reto consiste en hacerlo de forma holística, no sólo con todo aquello que estamos acostumbrados a ver sino teniendo en cuenta también las motivaciones, relaciones y conocimientos que inicialmente permanecen ocultas.

Actualmente existen evidencias de los beneficios del aprendizaje virtual frente el presencial en ciertos aspectos, respaldados por estudios rigurosos que evalúan con metodologías específicas su impacto en los estudiantes. Así lo indica un completo estudio realizado por el Departamento de Educación de EE.UU en el que se tuvieron en cuenta 50 efectos del e-learning bajo un modelo de meta-análisis. El resultado fue que los estudiantes que asistían a clases online obtenían, ligeramente, mejores resultados que los que se encontraban en el aula. El rendimiento, pero, era mucho más satisfactorio  cuando se combinaban los dos entornos, el virtual y el presencial, ofreciendo una experiencia de aprendizaje mucho más completa y satisfactoria.

Otras contribuciones desde el ámbito de las neurociencias también nos están ayudando a comprender mejor el funcionamiento del cerebro humano para mejorar el aprendizaje. Tal como señala Anna Forés, en su libro Neuromitos de la educación, nuestro cerebro funciona de forma integrada, en red. Uno de los mitos que caería pues, es el de que domina uno de los dos hemisferios en cada estudiante y por tanto es conveniente orientar el aprendizaje en función de esta característica. La visión “topográfica” del cerebro en el que cada función se encuentra localizada en una zona concreta se está viendo superada por la constatación de la extrema plasticidad del cerebro y el dinamismo con el que operan las redes neuronales.

Romper el confinamiento del aula, tanto a nivel interno creando nuevos espacios, como saliendo al exterior o creando nuevas dinámicas es otra lectura de lo que comporta explorar la “virtualidad” del aprendizaje.

Así lo ha entendido César Bona, considerado uno de los 50 mejores profesores del mundo según Global Teacher Prize, demostrando una extrema ceatividad a la hora de generar experiencias que despierten la motivación y la implicación de los alumnos. En este caso, Bona no ha dudado en “pasarse de la raya” para crear espacios naturales vivenciales en los que sus estudiantes puedan expresarse, desdibujando los límites convencionales de la clase.

Valoradas en conjunto, todas estas experiencias nos demuestran que las barreras mentales que se encuentran en nuestro subconsciente constituyen el principal obstáculo para cambiar. Por ello, aunque queramos ser innovadores fácilmente volvemos a los patrones mentales que tenemos grabados debido a nuestra propia educación.

Una y otra vez se nos repitió: “sobre todo coge el lápiz y no te pases de la raya”. Está claro que, metafóricamente hablando, lo que toca ahora es transgredir los límites, pasarse claramente de la raya.

Aprender más allá del aula (I): educación vivencial

El enunciado que encabeza este artículo invoca, indirectamente, un concepto clave: no existe un único protagonista del proceso educativo.

En realidad, intervienen una gran variedad de agentes educadores y metodologías muy diversas que cuentan con su respectivo soporte tecnológico. Todo este conjunto constituye el ecosistema único donde se forja y conforma el molde que singulariza a cada joven para poder ser y desarrollarse.

Todos y cada uno de nosotros somos diversos pero, como la semilla de un árbol, albergamos en nuestro interior todo lo necesario para desplegar un mar de potencialidades, para expresar plenamente nuestra dimensión humana.

Que lo consigamos o no dependerá en gran parte de la suma de interacciones que se produzcan entre los elementos y agentes educativos que forman parte del ecosistema en el que crecemos y donde nos desarrollamos.

En esta ecuación, el componente emocional es un elemento esencial para despertar la motivación. Sólo aquello con lo que nos sentimos realmente implicados es capaz de movilizar nuestro compromiso.

En el peor de los casos, un espacio relacional y emocional precario puede incluso llegar a perpetuar las desigualdades culturales y sociales durante sucesivas generaciones. La semilla, sin calor, sin nutrientes, nunca llega a desarrollarse.

El aula tan sólo es una pequeña parte, aunque importante, de este ecosistema. Pero ninguna escuela es lo suficientemente buena si no está en armonía con la unidad convivencial -directa e indirecta- donde se forjan conductas, hábitos de vida y maneras de comprender lo que nos sucede a diario. Por esta razón, debemos procurar que las discrepancias entre los criterios pedagógicos que rigen los diferentes espacios de convivencia sean mínimas.

El ser humano, al formarse, necesita estar en equilibrio consigo mismo (el sherpa o guía vital le acompañará en este viaje) y necesita estar en armonía con su entorno (los progenitores, el ambiente social donde se crece, la escuela, las actividades extraescolares, las creencias, los hábitos, las costumbres).

La sociedad es un todo, un subsistema de sistemas diversos interactuando. Trabajar en educación comporta velar por la armonización de todos estos espacios para acompañar, debidamente, a la persona que se está formando,  ayudándole a desarrollar su equilibrio.

La segunda consideración es que, estrictamente, educar no es enseñar. Más bien se trata de aprender juntos lo que todavía no sabemos, anticiparse para estar preparados frente a la incertidumbre, decidir qué vida queremos desde el compromiso personal, saber discernir sobre lo que acontece y sobre el camino que queremos emprender.

Se puede aprender de muchas maneras, pero hacerlo desde las propias vivencias resulta más útil, tiene más sentido y activa con mayor intensidad la conciencia.Todo lo que ha servido para resolver un reto vital, permanece. Simplemente ya no se olvida.

Pero tampoco debemos perder de vista que la escuela es un espacio de relación donde se puede experimentar presencialmente, en el aula, o en cualquier otro lugar. Para aprender de estas vivencias se requiere una metodología, un acompañamiento que nos ayude a reflexionar y a sacar provecho de todo lo vivido.

Así pues, si nos planteamos aprender matemáticas como fundamento para resolver determinadas situaciones de la vida, observaremos que es mejor deducir de las experiencias reales cuáles pueden ser los conocimientos matemáticos que nos ayudan a resolverlas.

El verdadero conocimiento, el que nos acompaña durante toda la vida, no es aquel que se nos muestra de forma aparente sino que permanece oculto hasta que algún indicio señala que nos encontramos ante un “vacío de conocimiento”.

Cuando algo se nos insinúa como oculto, no hay forma de saber qué teorema o qué fórmula debemos aplicar. Primero es necesario reconocerlo y luego aplicar el discernimiento para resolverlo. Debemos aprender a reconocer lo oculto, de lo contrario nunca estaremos en situación de desvelar el conocimiento que encierra.

Aprender a pensar

¿Cómo se aprende a pensar? Estos días se ha entregado el Premio Princesa de Asturias de Comunicación a Emilio Lledó, quien con mucho acierto y coraje ha dicho refiriéndose a la enseñanza: “Enseñemos a pensar”

Pensar es (según el diccionario IDEC) “ejecutar la facultad de concebir, de juzgar, de inferir”.

Si se trata de aprender, puede parecer lógico desde nuestra perspectiva actual que sea la escuela quien nos enseñe, tal vez mediante una asignatura específica o cualquier otra alternativa mejor. Aunque por otra parte, debemos preguntarnos, ¿no es posible aprender a pensar con cualquier asignatura, con cualquier actividad?

También podemos plantearnos si aprender a pensar es conocer a los “pensadores clásicos”, como solemos llamarles. ¿Pero cuáles? ¿Los clásicos occidentales, la filosofía oriental…?

Llegados a este punto, tiene sentido preguntarnos también qué lógica vamos a emplear en nuestros pensamientos. Podemos pensar como animistas, deistas, materialistas, socráticos, aristotélicos, tomistas, cartesianos, budistas o con lógica cuántica… en función de las temáticas y/o de las creencias de nuestro ecosistema.

Así, pues : ¿Pensar es lo que dice el diccionario? Sin duda también, y todas estas preguntas que nos hacemos parecen tener una respuesta. Pero no todas las respuestas obedecen a una buena pregunta.

La legislación más reciente en materia educativa no hace más que añadir confusión en este tema trascendental, relegando las humanidades a un papel secundario en el aula y oficializando materias según la conveniencia (¿de quiénes?) en cada momento.

A primera vista, la justificación aparente de estos cambios se basa en intenciones puramente prácticas (debemos encontrar la mejor manera de tener trabajo) que sin embargo esconden propósitos ocultos como el adoctrinamiento acerca de cómo los alumnos deberían orientar sus “proyectos de vida” de acuerdo con unas pautas y valores muy concretos.

Pongamos por ejemplo, la sustitución de las clases de Filosofía por las clases de Emprendeduría, como está ahora tan de moda. En lugar de esto, podríamos plantearnos introducir actividades vivenciales algunas horas a la semana para experimentar cómo aprender o debatir sobre lo efímero de cualquier verdad establecida. Tendríamos ocasión de preguntarnos cosas como:

¿Es bueno escuchar solamente, sin preguntar nada?¿Debemos aprender las respuestas o debemos aprender a preguntar y a preguntarnos? ¿Qué hacemos con las preguntas para las que no hallamos respuestas?

Aprender a pensar no es fácil. Hoy nuestra realidad es compleja y diversa. Por ello, casi todos, recordamos muy bien a aquel maestro que nos acompañó en nuestra época de escuela y que, haciéndolo, nos ayudó tanto a caminar por la vida. Con un poco de esfuerzo, podremos reflexionar y llegar a deducir qué tenían en común nuestros buenos maestros y por qué obtuvieron tan buenos resultados: nos ayudaron a pensar (por nosotros mismos).

Propongo volver a la pregunta: ¿sabemos lo que queremos?

Si queremos instruir y preparar en determinadas materias necesitamos profesores que las dominen y, a la vez, sepan seducir. Deben ser capaces de activar la motivación de los estudiantes hasta los niveles más altos para poder asimilar los contenidos de las respectivas materias.

Si queremos planificar cómo formar y educar según unas características precisas, -como todavía se da en las realezas y las élites- la figura escogida es el preceptor. Él es quien configura de forma precisa los moldes mentales, los patrones de lógica y el comportamiento que se esperará de los alumnos.

Si se trata de preparar para el “oficio de vivir” (prepararse para ganarse la vida). De hecho, la vida ya la tenemos ganada. Pero, para la supervivencia es preciso seleccionar con cuidado las materias precisas y dónde acudir para aprenderlas. De esta manera se espera preparar a los candidatos a optar a un puesto de trabajo y acreditarles para que puedan responder a las exigencias del mercado y a los requerimientos de sus organizaciones.

Si se trata de ser, de conocerse a si mismo, de descubrir la propia singularidad y contribuir desde ella a la propia felicidad, añadiendo valor para la especie y la Naturaleza de la que formamos parte, entonces cada instante y cada vivencia se convierten en experiencias que nos permiten aprender. Si queremos aprender desde el ser, debemos entender que nada es estable ni permanente, ni existe la perfección. Todo forma parte de una evolución. Por ello debemos descubrir los vacíos de conocimiento que tengamos, lo que ignoramos, identificar los errores reparables y contribuir a hacernos más preguntas.

Aprender a pensar comporta un compromiso con nosotros mismos. Para lograrlo, no hay otro camino que integrar todas nuestras potencialidades, llenar nuestra conciencia de lo que no tengamos, abandonando patrones mentales y de comportamiento obsoletos.

Debemos aprender a crear, conectar, compartir y, por encima de todo, a amar.Después de todo, quizás la única pregunta relevante que podamos hacernos cada uno sea:

En este momento histórico concreto que me ha tocado vivir ¿para qué he venido?

O dicho de otro modo:

¿Cuál es mi proyecto de vida?

¿Cómo lo defino, lo pongo en marcha y lo integro en la totalidad?

¿En qué escuela aprenderé a construirlo?