¿Control externo o control interno?

El reto de garantizar una educación que fomente la responsabilidad individual y el respeto a los demás.

La idea de desarrollar este tema partió de una visita a una escuela que daba al alumnado una lista de 15 normas que establecían desde cómo vestirse, a cómo moverse por el centro, e inluso de qué manera y en qué tono debían dirigirse a los profesores.

La sacralización, en definitiva, de la norma como mejor medio de conseguir comportamientos adecuados. ¿Qué evidencias tenemos de que la ley, las normas, las obligaciones -todas ellas mecanismos de control externo- sean efectivas y fomenten la responsabilidad individual? ¿No será precisamente al revés? ¿Por qué no fomentar la responsabilidad y el respeto? Tal vez así logremos hacer propias las normas de convivencia que establezcamos.

Pero no podemos hablar de ello pensando sólo en la escuela. Al fin y al cabo, las escuelas fueron y siguen “pensadas” para enseñar y/o instruir y en unos pocos casos (por suerte, cada vez más numerosos) para educar. Sólo hay que ver que es lo que se evalúa al final de cada año académico. Dime qué incentivos ofreces y te diré que obtendrás.

Así pues, la creación de hábitos y rutinas adecuadas para promover la responsabilidad y el respeto no sólo obtienen escaso éxito, sino que además, como ya se ha dicho, ni se tienen en cuenta en la cuantificación de resultados. La medida del éxito, por lo general, no atiende a otra cosa que establecer una calificación cuantitativa de competencias en campos diversos de conocimiento y disciplinas fragmentadas.

Se progresa en los conocimientos que no en los comportamientos. Las exigencias de los exámenes y la titulación parecen importar más que las propias exigencias de la vida.

La enseñanza se topa siempre contra el mismo muro cuando el “enseñado” tiene poca o ninguna motivación y más cuando
no se parte de las necesidades del alumno sino de la obligación de impartir unos conocimientos reglados y homogéneos para todos.
Bajo estas condiciones no se da, en definitiva, el contexto apropiado y necesario para el aprendizaje.

¿Y qué hacer? Todos buscamos recetas para aplicar y pronto recurrimos a lo habitual: culpabilizar al sistema educativo. La presión social logra así que cada poco tiempo surjan nuevas medidas. Un ejemplo reciente de esta insensatez: españolizar a los alumnos por medio de una nueva ley. La educación no es adoctrinamiento, ni tan siquiera instrucción. La educación es cultura. Pero la cultura hay que amarla, al igual que hacen los buenos profesores con su clase.

Lógicamente, si la pregunta a responder está mal formulada todas las respuestas que se obtengan serán, cuando menos, inadecuadas. Creemos que no es tiempo de buscar y aplicar recetas, sino de pensar qué es lo que no funciona en la sociedad, en lugar de culpabilizar a las escuelas. Las recetas son siempre esquemas, una simple reducción del arte de cocinar. Enseñar a pensar es aprender a cocinar, no tanto por la receta en sí, sino por el “saber hacer” que se ha practicado.

La pregunta no es la que nos hemos hecho siempre: enseñar para tener un empleo, una profesión, un trabajo. Ahora la pregunta es otra: ¿qué necesitamos para vivir autónomamente en una sociedad compleja y diversa, de marcado carácter transcultural, inmersa en potentes flujos de refugiados e inmigración, sin mecanismos de integración reales (y muchas veces humillantes), sometidos a guetos donde sobrevivir, con una disparatada y creciente desigualdad social?

Seguimos sin dar respuesta a las demandas de una importantísima parte de la sociedad, la juventud, preparándola para adquirir competencias aunque dejando de lado la mayor de todas ellas, la competencia para la vida.
Estamos hablando de saber afrontar una vida de incertidumbre, de obligada improvisación cambiando nuestro paradigma mental, comprendiendo mejor nuestras funciones cerebrales y tomando conciencia de nuestras actuales coordenadas antropocéntricas y no biomiméticas. Ya no estamos en la era newtoniana de los cuerpos físicos.

En un mundo donde la física cuántica establece que todo es energía y todo está conectado parece cuanto menos esperpéntico que sigamos pensando de forma causal y mecanicista.
Nos organizamos todavía mediante una pirámide de cargos jerárquicos y esperamos esperanzados que sean las tecnologías, y no las metodologías, las que nos aporten las soluciones.

Pensamos que todos son clavos y sólo vemos martillos, trabajamos en lo que se ve y no sabemos distinguir en lo intangible. No hemos entendido que el iceberg enseña una décima parte de su volumen total y que es justo lo que permanece bajo la superficie lo que hundió al Titanic.

Escuela y sociedad están íntimamente relacionadas, no existe la una sin la otra.

Quizás no se trate de dar recetas para aplicar tecnología en las aulas sino de aportar metodologías participativas para estimular el empoderamiento, la confianza y la autoestima de los alumnos.

Quizás esta estima que tanto se echa en falta no puede trasladarse a la educación porque tampoco está en casa, en los barrios, en las oficinas, en el trabajo, en la sociedad.

Quizá hemos convertido nuestra existencia en una carrera por la suprvivencia en una jungla en la que, como afirman los“malos darwinistas”gana el más fuerte y no el que mejor se adapta.

Quizás nuestros ídolos actuales (el dinero y la tecnología) no sean las llaves del progreso.

Quizás deberíamos dejar de buscar el progreso fuera de nosotros mismos y ocuparnos en desarrollar todas nuestras potencialidades, nuestras múltiples dimensiones humanas.

Quizás debamos cambiar la pregunta o quizás no nos atrevamos a preguntar. Por miedo a que no nos respondan o por miedo a lo que nos respondan.

Si nos atenaza la duda, siempre podemos seguir pensando como hasta ahora , aunque, claro está, no cabrá esperar nada nuevo.
No hace falta ver más allá del recodo de ese camino. Todos sabemos a dónde nos conduce.

Conectar y compartir: correspondencia educativa entre la familia y la escuela

Sólo estos dos verbos ya explican por sí mismos lo que debería ser totalmente normal. Las relaciones de familia precisan de estas dos acciones: por razones substantivas propias de unas vidas entrelazadas y también por razones instrumentales, fruto de una larga convivencia. Esta relación es, o debería ser, similar a los vasos comunicantes donde las partes se aportan mutuamente lo necesario para mantenerse en equilibrio armónico.

Nuestras formas de vida y de relación provocan muy tempranamente que se rompan estos lazos naturales y se establezcan otros tipos de relación muy diversas pero en absoluto complementarias.

Recientemente, una madre muy inquieta por la educación de sus hijos me contó lo siguiente:

“Es fundamental que aquello que se vive en el seno de la familia tenga un reflejo en lo que se experimenta y se transmite en la escuela, y a la inversa, para no crear distorsiones en la educación de los niños. Yo, si me permites (decía ella), iría un paso más allá y también haría referencia a la necesidad de romper las fronteras que a veces se establecen para “proteger” al niño de no se sabe bien qué. Podemos estar seguros que las competencias de padres y educadores resultan mucho más enriquecedoras cuando se aportan en colaboración y con total implicación”

“En este sentido, comparto con vosotros la experiencia que vivimos este sábado en la escuela de mi hija donde se celebró una Jornada de puertas abiertas para participar del Día del Bricolaje y realizar tareas de mantenimiento entre los padres y madres. Como resultado, El lunes siguiente los peques de Infantil y Primaria pudieron disfrutar de una casita de madera o de una pared musical gracias al esfuerzo de padres y madres”.

 Sin embargo, no nos confundamos. Ensalzamos la cooperación y la implicación, pero no necesariamente para hacer tareas de mantenimiento o bricolaje. Sin duda puede estar muy bien, pero lo que decimos es que colaborar y ejercer el compromiso en realidad son los elementos esenciales que necesita toda educación. Luego vendrán los aprendizajes necesarios para poder discernir adecuadamente y poder llevar adelante nuestros compromisos. Pero primero debemos comprometernos seriamente. Porque descubrir aquello en lo que uno quiere comprometerse es aprender a saber qué es lo que uno quiere y saber lo mucho que lo quiere. No se trata de saber hacer. Se trata de saber hacer lo que sea bueno hacer.

Una postura que requiere coherencia y solidez y que nos recuerda la situación de aquel que, tras recordar que detrás de los números hay personas, es replicado “por el que lo cuenta todo”: pues apartad a las personas.

La colaboración y la implicación -conectando con afines y con menos afines- es, con toda seguridad, lo que nos permite dar la vuelta a un sistema marcado por la corrupción en la que las camarillas tratan de impedir que se actúe con transparencia.

Conectar y compartir es educar en el compromiso como individuo social. Fomentar el sentido de pertenencia a una especie humana que comparte con otras especies un planeta cuyo recursos naturales cada vez son más limitados. Esta es la parte más importante de la educación que podemos lograr para nuestros hijos.

La correspondencia educativa entre la familia, la propia comunidad y la escuela no pretende fomentar el humanismo sino prepararnos para la supervivencia. Se trata de aprender a formular y desarrollar nuestro Proyecto de Vida. El de cada uno de nosotros.

La reforma educativa no puede enseñar mejor, debe asegurar que se aprenda lo que es vital para vivir una vida con auténtica dimensión humana.

En el pasado, en el WISE (World Innovation Summit for Education) se afirmó con contundencia que no se trata de separar familia y escuela, escuela y comunidad, una comunidad y otras comunidades. No se trata de crear fronteras que nos separen ni muros que encierren, sino de conectarnos con todos y cada uno de los aspectos reales de la vida y de sus valores. En síntesis, debemos centrar nuestros esfuerzos en todo lo que compete a la dimensión humana.

 

Aprender más allá del aula (I): educación vivencial

El enunciado que encabeza este artículo invoca, indirectamente, un concepto clave: no existe un único protagonista del proceso educativo.

En realidad, intervienen una gran variedad de agentes educadores y metodologías muy diversas que cuentan con su respectivo soporte tecnológico. Todo este conjunto constituye el ecosistema único donde se forja y conforma el molde que singulariza a cada joven para poder ser y desarrollarse.

Todos y cada uno de nosotros somos diversos pero, como la semilla de un árbol, albergamos en nuestro interior todo lo necesario para desplegar un mar de potencialidades, para expresar plenamente nuestra dimensión humana.

Que lo consigamos o no dependerá en gran parte de la suma de interacciones que se produzcan entre los elementos y agentes educativos que forman parte del ecosistema en el que crecemos y donde nos desarrollamos.

En esta ecuación, el componente emocional es un elemento esencial para despertar la motivación. Sólo aquello con lo que nos sentimos realmente implicados es capaz de movilizar nuestro compromiso.

En el peor de los casos, un espacio relacional y emocional precario puede incluso llegar a perpetuar las desigualdades culturales y sociales durante sucesivas generaciones. La semilla, sin calor, sin nutrientes, nunca llega a desarrollarse.

El aula tan sólo es una pequeña parte, aunque importante, de este ecosistema. Pero ninguna escuela es lo suficientemente buena si no está en armonía con la unidad convivencial -directa e indirecta- donde se forjan conductas, hábitos de vida y maneras de comprender lo que nos sucede a diario. Por esta razón, debemos procurar que las discrepancias entre los criterios pedagógicos que rigen los diferentes espacios de convivencia sean mínimas.

El ser humano, al formarse, necesita estar en equilibrio consigo mismo (el sherpa o guía vital le acompañará en este viaje) y necesita estar en armonía con su entorno (los progenitores, el ambiente social donde se crece, la escuela, las actividades extraescolares, las creencias, los hábitos, las costumbres).

La sociedad es un todo, un subsistema de sistemas diversos interactuando. Trabajar en educación comporta velar por la armonización de todos estos espacios para acompañar, debidamente, a la persona que se está formando,  ayudándole a desarrollar su equilibrio.

La segunda consideración es que, estrictamente, educar no es enseñar. Más bien se trata de aprender juntos lo que todavía no sabemos, anticiparse para estar preparados frente a la incertidumbre, decidir qué vida queremos desde el compromiso personal, saber discernir sobre lo que acontece y sobre el camino que queremos emprender.

Se puede aprender de muchas maneras, pero hacerlo desde las propias vivencias resulta más útil, tiene más sentido y activa con mayor intensidad la conciencia.Todo lo que ha servido para resolver un reto vital, permanece. Simplemente ya no se olvida.

Pero tampoco debemos perder de vista que la escuela es un espacio de relación donde se puede experimentar presencialmente, en el aula, o en cualquier otro lugar. Para aprender de estas vivencias se requiere una metodología, un acompañamiento que nos ayude a reflexionar y a sacar provecho de todo lo vivido.

Así pues, si nos planteamos aprender matemáticas como fundamento para resolver determinadas situaciones de la vida, observaremos que es mejor deducir de las experiencias reales cuáles pueden ser los conocimientos matemáticos que nos ayudan a resolverlas.

El verdadero conocimiento, el que nos acompaña durante toda la vida, no es aquel que se nos muestra de forma aparente sino que permanece oculto hasta que algún indicio señala que nos encontramos ante un “vacío de conocimiento”.

Cuando algo se nos insinúa como oculto, no hay forma de saber qué teorema o qué fórmula debemos aplicar. Primero es necesario reconocerlo y luego aplicar el discernimiento para resolverlo. Debemos aprender a reconocer lo oculto, de lo contrario nunca estaremos en situación de desvelar el conocimiento que encierra.

Aprender a pensar

¿Cómo se aprende a pensar? Estos días se ha entregado el Premio Princesa de Asturias de Comunicación a Emilio Lledó, quien con mucho acierto y coraje ha dicho refiriéndose a la enseñanza: “Enseñemos a pensar”

Pensar es (según el diccionario IDEC) “ejecutar la facultad de concebir, de juzgar, de inferir”.

Si se trata de aprender, puede parecer lógico desde nuestra perspectiva actual que sea la escuela quien nos enseñe, tal vez mediante una asignatura específica o cualquier otra alternativa mejor. Aunque por otra parte, debemos preguntarnos, ¿no es posible aprender a pensar con cualquier asignatura, con cualquier actividad?

También podemos plantearnos si aprender a pensar es conocer a los “pensadores clásicos”, como solemos llamarles. ¿Pero cuáles? ¿Los clásicos occidentales, la filosofía oriental…?

Llegados a este punto, tiene sentido preguntarnos también qué lógica vamos a emplear en nuestros pensamientos. Podemos pensar como animistas, deistas, materialistas, socráticos, aristotélicos, tomistas, cartesianos, budistas o con lógica cuántica… en función de las temáticas y/o de las creencias de nuestro ecosistema.

Así, pues : ¿Pensar es lo que dice el diccionario? Sin duda también, y todas estas preguntas que nos hacemos parecen tener una respuesta. Pero no todas las respuestas obedecen a una buena pregunta.

La legislación más reciente en materia educativa no hace más que añadir confusión en este tema trascendental, relegando las humanidades a un papel secundario en el aula y oficializando materias según la conveniencia (¿de quiénes?) en cada momento.

A primera vista, la justificación aparente de estos cambios se basa en intenciones puramente prácticas (debemos encontrar la mejor manera de tener trabajo) que sin embargo esconden propósitos ocultos como el adoctrinamiento acerca de cómo los alumnos deberían orientar sus “proyectos de vida” de acuerdo con unas pautas y valores muy concretos.

Pongamos por ejemplo, la sustitución de las clases de Filosofía por las clases de Emprendeduría, como está ahora tan de moda. En lugar de esto, podríamos plantearnos introducir actividades vivenciales algunas horas a la semana para experimentar cómo aprender o debatir sobre lo efímero de cualquier verdad establecida. Tendríamos ocasión de preguntarnos cosas como:

¿Es bueno escuchar solamente, sin preguntar nada?¿Debemos aprender las respuestas o debemos aprender a preguntar y a preguntarnos? ¿Qué hacemos con las preguntas para las que no hallamos respuestas?

Aprender a pensar no es fácil. Hoy nuestra realidad es compleja y diversa. Por ello, casi todos, recordamos muy bien a aquel maestro que nos acompañó en nuestra época de escuela y que, haciéndolo, nos ayudó tanto a caminar por la vida. Con un poco de esfuerzo, podremos reflexionar y llegar a deducir qué tenían en común nuestros buenos maestros y por qué obtuvieron tan buenos resultados: nos ayudaron a pensar (por nosotros mismos).

Propongo volver a la pregunta: ¿sabemos lo que queremos?

Si queremos instruir y preparar en determinadas materias necesitamos profesores que las dominen y, a la vez, sepan seducir. Deben ser capaces de activar la motivación de los estudiantes hasta los niveles más altos para poder asimilar los contenidos de las respectivas materias.

Si queremos planificar cómo formar y educar según unas características precisas, -como todavía se da en las realezas y las élites- la figura escogida es el preceptor. Él es quien configura de forma precisa los moldes mentales, los patrones de lógica y el comportamiento que se esperará de los alumnos.

Si se trata de preparar para el “oficio de vivir” (prepararse para ganarse la vida). De hecho, la vida ya la tenemos ganada. Pero, para la supervivencia es preciso seleccionar con cuidado las materias precisas y dónde acudir para aprenderlas. De esta manera se espera preparar a los candidatos a optar a un puesto de trabajo y acreditarles para que puedan responder a las exigencias del mercado y a los requerimientos de sus organizaciones.

Si se trata de ser, de conocerse a si mismo, de descubrir la propia singularidad y contribuir desde ella a la propia felicidad, añadiendo valor para la especie y la Naturaleza de la que formamos parte, entonces cada instante y cada vivencia se convierten en experiencias que nos permiten aprender. Si queremos aprender desde el ser, debemos entender que nada es estable ni permanente, ni existe la perfección. Todo forma parte de una evolución. Por ello debemos descubrir los vacíos de conocimiento que tengamos, lo que ignoramos, identificar los errores reparables y contribuir a hacernos más preguntas.

Aprender a pensar comporta un compromiso con nosotros mismos. Para lograrlo, no hay otro camino que integrar todas nuestras potencialidades, llenar nuestra conciencia de lo que no tengamos, abandonando patrones mentales y de comportamiento obsoletos.

Debemos aprender a crear, conectar, compartir y, por encima de todo, a amar.Después de todo, quizás la única pregunta relevante que podamos hacernos cada uno sea:

En este momento histórico concreto que me ha tocado vivir ¿para qué he venido?

O dicho de otro modo:

¿Cuál es mi proyecto de vida?

¿Cómo lo defino, lo pongo en marcha y lo integro en la totalidad?

¿En qué escuela aprenderé a construirlo?

El error de no cometer errores

Los ganadores del premio Nobel de Química 2015, Tomas Lindahl, Paul Modrich y Aziz Sancar han descubierto tres mecanismos de reparación del ADN que mantienen la integridad del genoma.

La sorpresa se ha producido al descubrir que el ADN es mucho menos estable de lo que se creía, tanto que si no existieran estos mecanismos de reparación natural, la vida seria inviable.

Es interesante constatar también que la Naturaleza utiliza diversas vías para llevar a cabo esta función. Con el tiempo, las células acumulan errores al reproducirse que pueden llegar a alterar su funcionamiento. Para evitarlo, disponen de una especie de corrector de código” muy adaptable que permite reparar daños causados por una gran diversidad de agentes, como la radiación ultravioleta del sol o el tabaco,

En este caso, la plena aceptación del error ha resultado clave para alcanzar un gran acierto, un descubrimiento que puede tener un impacto importante en el desarrollo de futuros tratamientos contra el cáncer.

Esta evidencia científica echa nuevamente por tierra falsa creencia que el orden, la estabilidad y la seguridad forman parte del estado natural de las cosas.

Los errores son una parte esencial de la vida y de su evolución. Si no se cometen errores, no es posible descubrir aquello que permanece oculto. 

Al tratar de superarlos, vivimos una experiencia y adquirimos un conocimiento que nos transforma. De este modo, muchas veces sin darnos cuenta, desarrollamos nuestra conciencia y confiamos cada vez más en nuestra propia lucidez.

En ningún caso se trata de cometer errores obvios, cuando lo aparente no deja lugar a dudas. Los verdaderos errores no se dan por descarte de procesos racionales. Se producen a partir de experiencias reales, justamente aquellas que nos conducen a un punto en que hemos agotado nuestra capacidad de discernir.

En estos territorios desconocidos, la razón ya no nos ofrece más respuestas, algo que sin duda nos desconcierta. Pero también pone a prueba nuestras capacidades más extraordinarias. Nos reta a seguir creyendo que existe conocimiento donde parece no haber nada y a darle un sentido a través de nuestra conciencia.

Nuestro sistema productivo y, lógicamente, nuestro sistema educativo, se esfuerzan en erradicar el error, en reducirlo a su mínima expresión e incluso castigarlo.

Si mantenemos una actitud defensiva como ésta, nos cerramos ante la vida, estaremos impidiendo que aprendamos enseñanzas esenciales sobre la existencia y sobre nosotros mismos que no pueden alcanzarse sólo de forma racional. Pascal ya lo anticipó al afirmar que “el corazón tiene razones que la razón no puede entender”.

Por ello, no es posible transmitir plenamente el conocimiento adquirido mediante la experiencia de una persona a otra, porque no se trata sólo de información. Cuando se trata de enseñar lo que se ha aprendido de forma experiencial sin comprender que la naturaleza de este conocimiento seguirá permaneciendo oculta a quien no lo haya experimentado, es como señalar un lugar en el mapa en el que no haya puntos de referencia.

El mundo educativo tiene ante sí un gran reto y una enorme responsabilidad. Cuando alguien dispone de mucho conocimiento puede llegar a excederse, creyendo más en el conocimiento externo que en el suyo propio, afectando seriamente el método de aprendizaje de los demás. Uno de los mayores riesgos de esta manera de proceder es que lleguemos a olvidarnos de la importancia de lo vivencial y lo experimental.

¿Debemos plantearnos, antes que nada, qué experiencias pueden capacitarnos mejor? En este caso, hablamos de un aprendizaje para la vida.

A la hora de saber, existe una gran diferencia entre los que disponen de contenedores de información y los que disponen de experiencia. Los primeros pueden resolver problemas estandarizados. Los segundos saben pensar como resolver lo complejo y no habitual.

Adquirir un nuevo saber es importante porque amplía nuestra conciencia, pero más relevante aún, porque nos muestra de forma clara nuestros vacíos de conocimiento, sepultados por capas de errores y prejuicios.

Fleming, en lugar de atender al orden de su laboratorio, descubrió por error la penicilina. Nunca lo habría hecho si no se hubiera preguntado qué salió mal.

Tampoco deja de ser paradójico que Einstein conceptualizara la relatividad del tiempo y del espacio al analizar el movimiento, precisamente, desde un punto móvil.

El brillante pedagogo Robinson descubrió a la gran coreógrafa de “Cats” en el colegio a partir de una anomalía, su increíble hiperactividad física. En lugar de tratar de corregir o desviar su tendencia natural, la potenció.

Nuestras escuelas, nuestros hospitales, nuestra economía, nuestras decisiones, están llenas de errores que soslayamos, que escondemos, y de los que nos negamos a aprender.

Nos esforzamos porque todo encaje (a la fuerza) construyendo verdades sin aceptar que todas son efímeras.

¡Celebremos cada error, no buscado, que tanto nos permite aprender!

 

¿Cómo será la educación en 2030?

Hoy queremos recomendaros el artículo Así será la escuela en 2030, de El Mundo, que resume las conclusiones de 645 expertos internacionales entrevistados para una encuesta realizada por la Cumbre Mundial para la Innovación en Educación (WISE).WISE logo 1 [qatarisbooming.com]

WISE, para quién aún no lo sepa, es un think tank formado por 15.000 sabios y promovido por la Fundación Qatar, que del 4 al 6 de noviembre se reunirá en Doha para debatir algunas de estas cuestiones. A este respecto, recordaros que Sangakoo ha sido una de las organizaciones invitadas al evento.

Para quién no tenga tiempo de leer el artículo entero, repasamos algunos de las conclusiones, que desde Sangakoo, defendemos desde hace tiempo.

  • La clase magistral desaparecerá; el profesor se convertirá en guía del alumno.

    Este modelo, que encaja en el concepto de flipped classrooms que ya explicamos en su momento, lo defendemos desde hace tiempo en Sangakoo y especialmente, instamos a los profesores que usan las Aulas Virtuales de Sangakoo a probarlo.

  • El aprendizaje será personalizado, permanente y más caro.

    Desde Sangakoo esperamos que no sea más caro y luchamos para que el conocimiento pueda ser gratuito, de ahí nuestra apuesta por el freemium en nuestra plataforma. Pero sí creemos en el aprendizaje personalizado, por eso ofrecemos cursos online adaptados a estudiantes pero también a profesionales y creemos en un aprendizaje donde el alumno escoja qué temas quiere estudiar y practicar. ¡A su ritmo! Además, desde siempre hemos defendido el aprendizaje permanente, no entendemos una vida sin aprender…

  • Primarán las habilidades frente al saber académico.

    Por ello en Sangakoo defendemos el aprendizaje activo, aprender a aprender. Si leéis el artículo de El Mundo veréis que a este respecto hay controversia. Os invitamos desde aquí a reflexionar sobre este tema “¿hay que primar la habilidad en aprender o los conocimientos?” y a debatirlo, si os apetece, en los comentarios de este post.

  • Internet será la principal fuente y el inglés, la lengua mayoritaria.

    ¿Qué decir a este respecto? Sangakoo nació online y desde el inicio, apostó por el inglés. En pleno siglo XXI ya nadie duda que el inglés es y será la lengua internacional por excelencia. Y de ahí, la necesidad de aprender desde pequeños esta lengua y en la medida de lo posible, aprender otras materias con ella, para integrarla completamente en la vida del estudiante.