Aprender más allá del aula (II): educación virtual

Tal como hemos comentado en entradas anteriores de este blog, educación y enseñanza no son términos equivalentes sino que, sirviendo a la misma finalidad, pretenden cosas distintas.

La educación se define (Diccionario Espasa-Calpe) como el desarrollo de las facultades intelectuales y morales de una persona. Otras acepciones serían: dirigir, encaminar, adoctrinar, enseñar buenos usos de urbanidad y cortesía o bien adiestrar los sentidos. Estamos hablando, en definitiva, de un proceso de acompañamiento en el que un guía (sherpa) nos ayuda a superar los retos a los que debemos enfrentarnos para alcanzar nuestros objetos.

Por otra parte, por enseñanza entendemos (Diccionario Vox) la acción de comunicar conocimientos, habilidades, ideas o experiencias a una persona que no las tiene con la intención que las comprenda y haga uso de ellas. También se define como:

Mostrar una cosa o a una persona a la vista de alguien.
Dar una información, un dato o una señal que permita llegar al conocimiento de una cosa.
Dar clases como profesor o maestro.

En este caso, se trata de ser buenos transmisores y traductores para que no sólo se entienda lo que se deba conocer sino que además se comprenda.

Estos conceptos, no excluyentes sino complementarios, presentan una interesante propiedad. Combinados adecuadamente, permiten superar la secuencialidad propia del patrón convencional: primero las estructuras, luego los procesos y finalmente los contenidos.

Los tiempos actuales avanzan, sin duda, en otra dirección. La obsolescencia de los modelos clásicos ha dejado al descubierto un escenario mucho más complejo y diverso. Este cambio radical, potenciado por la aceleración tecnológica, nos obliga a plantear un metamodelo que permita dar la vuelta a lo que ya no funciona, especialmente por lo que respecta a los servicios públicos fundamentales.

Bajo este nuevo enfoque resulta obvio que deberemos partir primero de un rediseño en profundidad de los contenidos para establecer luego procesos bidireccionales e interactivos entre las partes para, finalmente, plantearse unas infraestructuras mínimas siempre que sea necesario.

En este contexto, también la escuela debe relacionarse de manera coherente con su entorno, buscando la complicidad con todo lo que le rodea, también el plano del aprendizaje virtual.

Es tiempo de articular iniciativas transformadoras que se extiendan más allá del aula demostrando que ya no podemos seguir pensando de forma parcial y compartimentada, sino que debemos contemplar simultáneamente el todo y la parte, de forma sistémica. El gran reto consiste en hacerlo de forma holística, no sólo con todo aquello que estamos acostumbrados a ver sino teniendo en cuenta también las motivaciones, relaciones y conocimientos que inicialmente permanecen ocultas.

Actualmente existen evidencias de los beneficios del aprendizaje virtual frente el presencial en ciertos aspectos, respaldados por estudios rigurosos que evalúan con metodologías específicas su impacto en los estudiantes. Así lo indica un completo estudio realizado por el Departamento de Educación de EE.UU en el que se tuvieron en cuenta 50 efectos del e-learning bajo un modelo de meta-análisis. El resultado fue que los estudiantes que asistían a clases online obtenían, ligeramente, mejores resultados que los que se encontraban en el aula. El rendimiento, pero, era mucho más satisfactorio  cuando se combinaban los dos entornos, el virtual y el presencial, ofreciendo una experiencia de aprendizaje mucho más completa y satisfactoria.

Otras contribuciones desde el ámbito de las neurociencias también nos están ayudando a comprender mejor el funcionamiento del cerebro humano para mejorar el aprendizaje. Tal como señala Anna Forés, en su libro Neuromitos de la educación, nuestro cerebro funciona de forma integrada, en red. Uno de los mitos que caería pues, es el de que domina uno de los dos hemisferios en cada estudiante y por tanto es conveniente orientar el aprendizaje en función de esta característica. La visión “topográfica” del cerebro en el que cada función se encuentra localizada en una zona concreta se está viendo superada por la constatación de la extrema plasticidad del cerebro y el dinamismo con el que operan las redes neuronales.

Romper el confinamiento del aula, tanto a nivel interno creando nuevos espacios, como saliendo al exterior o creando nuevas dinámicas es otra lectura de lo que comporta explorar la “virtualidad” del aprendizaje.

Así lo ha entendido César Bona, considerado uno de los 50 mejores profesores del mundo según Global Teacher Prize, demostrando una extrema ceatividad a la hora de generar experiencias que despierten la motivación y la implicación de los alumnos. En este caso, Bona no ha dudado en “pasarse de la raya” para crear espacios naturales vivenciales en los que sus estudiantes puedan expresarse, desdibujando los límites convencionales de la clase.

Valoradas en conjunto, todas estas experiencias nos demuestran que las barreras mentales que se encuentran en nuestro subconsciente constituyen el principal obstáculo para cambiar. Por ello, aunque queramos ser innovadores fácilmente volvemos a los patrones mentales que tenemos grabados debido a nuestra propia educación.

Una y otra vez se nos repitió: “sobre todo coge el lápiz y no te pases de la raya”. Está claro que, metafóricamente hablando, lo que toca ahora es transgredir los límites, pasarse claramente de la raya.

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