Aprender más allá del aula (I): educación vivencial

El enunciado que encabeza este artículo invoca, indirectamente, un concepto clave: no existe un único protagonista del proceso educativo.

En realidad, intervienen una gran variedad de agentes educadores y metodologías muy diversas que cuentan con su respectivo soporte tecnológico. Todo este conjunto constituye el ecosistema único donde se forja y conforma el molde que singulariza a cada joven para poder ser y desarrollarse.

Todos y cada uno de nosotros somos diversos pero, como la semilla de un árbol, albergamos en nuestro interior todo lo necesario para desplegar un mar de potencialidades, para expresar plenamente nuestra dimensión humana.

Que lo consigamos o no dependerá en gran parte de la suma de interacciones que se produzcan entre los elementos y agentes educativos que forman parte del ecosistema en el que crecemos y donde nos desarrollamos.

En esta ecuación, el componente emocional es un elemento esencial para despertar la motivación. Sólo aquello con lo que nos sentimos realmente implicados es capaz de movilizar nuestro compromiso.

En el peor de los casos, un espacio relacional y emocional precario puede incluso llegar a perpetuar las desigualdades culturales y sociales durante sucesivas generaciones. La semilla, sin calor, sin nutrientes, nunca llega a desarrollarse.

El aula tan sólo es una pequeña parte, aunque importante, de este ecosistema. Pero ninguna escuela es lo suficientemente buena si no está en armonía con la unidad convivencial -directa e indirecta- donde se forjan conductas, hábitos de vida y maneras de comprender lo que nos sucede a diario. Por esta razón, debemos procurar que las discrepancias entre los criterios pedagógicos que rigen los diferentes espacios de convivencia sean mínimas.

El ser humano, al formarse, necesita estar en equilibrio consigo mismo (el sherpa o guía vital le acompañará en este viaje) y necesita estar en armonía con su entorno (los progenitores, el ambiente social donde se crece, la escuela, las actividades extraescolares, las creencias, los hábitos, las costumbres).

La sociedad es un todo, un subsistema de sistemas diversos interactuando. Trabajar en educación comporta velar por la armonización de todos estos espacios para acompañar, debidamente, a la persona que se está formando,  ayudándole a desarrollar su equilibrio.

La segunda consideración es que, estrictamente, educar no es enseñar. Más bien se trata de aprender juntos lo que todavía no sabemos, anticiparse para estar preparados frente a la incertidumbre, decidir qué vida queremos desde el compromiso personal, saber discernir sobre lo que acontece y sobre el camino que queremos emprender.

Se puede aprender de muchas maneras, pero hacerlo desde las propias vivencias resulta más útil, tiene más sentido y activa con mayor intensidad la conciencia.Todo lo que ha servido para resolver un reto vital, permanece. Simplemente ya no se olvida.

Pero tampoco debemos perder de vista que la escuela es un espacio de relación donde se puede experimentar presencialmente, en el aula, o en cualquier otro lugar. Para aprender de estas vivencias se requiere una metodología, un acompañamiento que nos ayude a reflexionar y a sacar provecho de todo lo vivido.

Así pues, si nos planteamos aprender matemáticas como fundamento para resolver determinadas situaciones de la vida, observaremos que es mejor deducir de las experiencias reales cuáles pueden ser los conocimientos matemáticos que nos ayudan a resolverlas.

El verdadero conocimiento, el que nos acompaña durante toda la vida, no es aquel que se nos muestra de forma aparente sino que permanece oculto hasta que algún indicio señala que nos encontramos ante un “vacío de conocimiento”.

Cuando algo se nos insinúa como oculto, no hay forma de saber qué teorema o qué fórmula debemos aplicar. Primero es necesario reconocerlo y luego aplicar el discernimiento para resolverlo. Debemos aprender a reconocer lo oculto, de lo contrario nunca estaremos en situación de desvelar el conocimiento que encierra.

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