Aprender a pensar

¿Cómo se aprende a pensar? Estos días se ha entregado el Premio Princesa de Asturias de Comunicación a Emilio Lledó, quien con mucho acierto y coraje ha dicho refiriéndose a la enseñanza: “Enseñemos a pensar”

Pensar es (según el diccionario IDEC) “ejecutar la facultad de concebir, de juzgar, de inferir”.

Si se trata de aprender, puede parecer lógico desde nuestra perspectiva actual que sea la escuela quien nos enseñe, tal vez mediante una asignatura específica o cualquier otra alternativa mejor. Aunque por otra parte, debemos preguntarnos, ¿no es posible aprender a pensar con cualquier asignatura, con cualquier actividad?

También podemos plantearnos si aprender a pensar es conocer a los “pensadores clásicos”, como solemos llamarles. ¿Pero cuáles? ¿Los clásicos occidentales, la filosofía oriental…?

Llegados a este punto, tiene sentido preguntarnos también qué lógica vamos a emplear en nuestros pensamientos. Podemos pensar como animistas, deistas, materialistas, socráticos, aristotélicos, tomistas, cartesianos, budistas o con lógica cuántica… en función de las temáticas y/o de las creencias de nuestro ecosistema.

Así, pues : ¿Pensar es lo que dice el diccionario? Sin duda también, y todas estas preguntas que nos hacemos parecen tener una respuesta. Pero no todas las respuestas obedecen a una buena pregunta.

La legislación más reciente en materia educativa no hace más que añadir confusión en este tema trascendental, relegando las humanidades a un papel secundario en el aula y oficializando materias según la conveniencia (¿de quiénes?) en cada momento.

A primera vista, la justificación aparente de estos cambios se basa en intenciones puramente prácticas (debemos encontrar la mejor manera de tener trabajo) que sin embargo esconden propósitos ocultos como el adoctrinamiento acerca de cómo los alumnos deberían orientar sus “proyectos de vida” de acuerdo con unas pautas y valores muy concretos.

Pongamos por ejemplo, la sustitución de las clases de Filosofía por las clases de Emprendeduría, como está ahora tan de moda. En lugar de esto, podríamos plantearnos introducir actividades vivenciales algunas horas a la semana para experimentar cómo aprender o debatir sobre lo efímero de cualquier verdad establecida. Tendríamos ocasión de preguntarnos cosas como:

¿Es bueno escuchar solamente, sin preguntar nada?¿Debemos aprender las respuestas o debemos aprender a preguntar y a preguntarnos? ¿Qué hacemos con las preguntas para las que no hallamos respuestas?

Aprender a pensar no es fácil. Hoy nuestra realidad es compleja y diversa. Por ello, casi todos, recordamos muy bien a aquel maestro que nos acompañó en nuestra época de escuela y que, haciéndolo, nos ayudó tanto a caminar por la vida. Con un poco de esfuerzo, podremos reflexionar y llegar a deducir qué tenían en común nuestros buenos maestros y por qué obtuvieron tan buenos resultados: nos ayudaron a pensar (por nosotros mismos).

Propongo volver a la pregunta: ¿sabemos lo que queremos?

Si queremos instruir y preparar en determinadas materias necesitamos profesores que las dominen y, a la vez, sepan seducir. Deben ser capaces de activar la motivación de los estudiantes hasta los niveles más altos para poder asimilar los contenidos de las respectivas materias.

Si queremos planificar cómo formar y educar según unas características precisas, -como todavía se da en las realezas y las élites- la figura escogida es el preceptor. Él es quien configura de forma precisa los moldes mentales, los patrones de lógica y el comportamiento que se esperará de los alumnos.

Si se trata de preparar para el “oficio de vivir” (prepararse para ganarse la vida). De hecho, la vida ya la tenemos ganada. Pero, para la supervivencia es preciso seleccionar con cuidado las materias precisas y dónde acudir para aprenderlas. De esta manera se espera preparar a los candidatos a optar a un puesto de trabajo y acreditarles para que puedan responder a las exigencias del mercado y a los requerimientos de sus organizaciones.

Si se trata de ser, de conocerse a si mismo, de descubrir la propia singularidad y contribuir desde ella a la propia felicidad, añadiendo valor para la especie y la Naturaleza de la que formamos parte, entonces cada instante y cada vivencia se convierten en experiencias que nos permiten aprender. Si queremos aprender desde el ser, debemos entender que nada es estable ni permanente, ni existe la perfección. Todo forma parte de una evolución. Por ello debemos descubrir los vacíos de conocimiento que tengamos, lo que ignoramos, identificar los errores reparables y contribuir a hacernos más preguntas.

Aprender a pensar comporta un compromiso con nosotros mismos. Para lograrlo, no hay otro camino que integrar todas nuestras potencialidades, llenar nuestra conciencia de lo que no tengamos, abandonando patrones mentales y de comportamiento obsoletos.

Debemos aprender a crear, conectar, compartir y, por encima de todo, a amar.Después de todo, quizás la única pregunta relevante que podamos hacernos cada uno sea:

En este momento histórico concreto que me ha tocado vivir ¿para qué he venido?

O dicho de otro modo:

¿Cuál es mi proyecto de vida?

¿Cómo lo defino, lo pongo en marcha y lo integro en la totalidad?

¿En qué escuela aprenderé a construirlo?

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