¿Estamos siendo educados para ser felices?

Toda pregunta contiene, en su formulación, la clave de su posible respuesta. En este caso, se trata de relacionar la felicidad de una comunidad con su educación.

Cuando los niños y los jóvenes disfrutan de una buena convivencia en casa, generalmente se sienten felices, están a gusto con lo que hacen y tienen esperanza en su presente y también en su futuro.

¿Y en el caso de los adultos? Si les preguntamos, veremos que no son las competencias relacionadas con su trabajo (productivistas), la capacidad de introducirse en los negocios, la experiencia en el oficio de ganar dinero, el estatus adquirido, el nivel de bienestar material, el éxito social o el poder lo que proporciona la felicidad.

Muchas de las valoraciones que se realizan sobre los índices de bienestar tienen en cuenta si la comunidad dispone, globalmente, de más o menos recursos y se centran mucho menos en el nivel de riqueza individual.

En esta dirección apunta también el matemático y filósofo de origen escocés, Angus Deaton, ganador del Premio Nobel de Economía 2015. Este incisivo profesor establecido en la Universidad de Princeton (EE.UU) ha obtenido el Nobel, precisamente, por haberse atrevido a ir más lejos y no quedarse en las apariencias.

Deaton constata que el mundo es hoy menos pobre que años atrás pero, al mismo tiempo, siguen creciendo las desigualdades.

La prosperidad material, impulsada por los emprendedores, genera ocupación y crecimiento económico mientras que, paradójicamente, contribuye a ensanchar la grieta entre los dos polos retributivos.

Por lo tanto, el problema no es tanto la generación de negocio, sino la carencia de regulaciones adecuadas para ajustar la redistribución de la riqueza.

¿Tiene que ver esta reflexión con la educación?

Desde una perspectiva rigurosa, deberíamos precisar mejor la distinción entre educación y enseñanza. Hasta ahora, ha predominado un concepto de educación que comprende un conjunto de agentes muy amplio, desde los progenitores hasta los ecosistemas concretos donde crece cada persona incluyendo, por supuesto, a las escuelas.

En este punto, es preciso destacar que si bien estas fueron ideadas para la enseñanza, los enormes cambios que ha experimentado la sociedad en estos últimos cuatro siglos nos exigen una reflexión sobre el papel actual de las escuelas. Más que para integrarnos en el sistema productivo, se debe educar para la vida.

Se hace necesaria, por lo tanto, una visión educativa global que contemple todos estos agentes educadores como parte de un mismo ecosistema. Las personas somos como la semilla de un árbol, en nuestro interior se encuentran todas las potencialidades que se manifestarán, en mayor o menor grado, en función de las condiciones donde se plante.

Cada vez tenemos más indicios que vinculan la felicidad con la educación. A modo de ejemplo, citamos sólo la experiencia del Wellington College, un centro británico que ha introducido “las clases de felicidad” como nueva asignatura. Los resultados obtenidos demuestran que, con sólo una hora a la semana de este nuevo aprendizaje, los resultados académicos convencionales mejoran claramente. Ya no se conciben, pues, las escuelas como fábricas de examinar.

Sin duda, es preciso extraer todavía más consecuencias de estas experiencias y no sólo en clave de enseñanza convencional sino, muy particularmente, en términos de salud mental y de capacidades para vivir de forma autónoma y saludable.

Finalmente, no podemos contentarnos con el concepto (tan deteriorado) de felicidad y dejar de excavar su trasfondo. Pienso que nos pueden ayudar tres observaciones.

La primera apunta a la afirmación de Nilton Bonder cuando dice: “lo que hace tan difícil decidir es no saber lo que queremos y lo mucho que lo queremos”. A partir de aquí podríamos preguntarnos: ¿Y cómo aprendemos a decidir?

La experiencia inspiradora de Bután, en segundo lugar, nos muestra qué sucede cuando un país decide situar los indicadores para medir la felicidad de sus ciudadanos por encima de los índices estrictamente económicos.

Finalmente, la tercera reflexión proviene del historiador de Oxford, Yuval Noah Harari, que expone en su libro Sàpiens una reflexión muy socrática y a la vez muy actual:

“Si esto es así, podría ser que toda nuestra manera de entender la historia de la felicidad fuera desencaminada. Quizás no es tan importando que las expectativas de la gente queden satisfechas y que las personas experimenten sensaciones agradables. La pregunta principal es si la gente sabe de verdad quién es”.

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