El error de no cometer errores

Los ganadores del premio Nobel de Química 2015, Tomas Lindahl, Paul Modrich y Aziz Sancar han descubierto tres mecanismos de reparación del ADN que mantienen la integridad del genoma.

La sorpresa se ha producido al descubrir que el ADN es mucho menos estable de lo que se creía, tanto que si no existieran estos mecanismos de reparación natural, la vida seria inviable.

Es interesante constatar también que la Naturaleza utiliza diversas vías para llevar a cabo esta función. Con el tiempo, las células acumulan errores al reproducirse que pueden llegar a alterar su funcionamiento. Para evitarlo, disponen de una especie de corrector de código” muy adaptable que permite reparar daños causados por una gran diversidad de agentes, como la radiación ultravioleta del sol o el tabaco,

En este caso, la plena aceptación del error ha resultado clave para alcanzar un gran acierto, un descubrimiento que puede tener un impacto importante en el desarrollo de futuros tratamientos contra el cáncer.

Esta evidencia científica echa nuevamente por tierra falsa creencia que el orden, la estabilidad y la seguridad forman parte del estado natural de las cosas.

Los errores son una parte esencial de la vida y de su evolución. Si no se cometen errores, no es posible descubrir aquello que permanece oculto. 

Al tratar de superarlos, vivimos una experiencia y adquirimos un conocimiento que nos transforma. De este modo, muchas veces sin darnos cuenta, desarrollamos nuestra conciencia y confiamos cada vez más en nuestra propia lucidez.

En ningún caso se trata de cometer errores obvios, cuando lo aparente no deja lugar a dudas. Los verdaderos errores no se dan por descarte de procesos racionales. Se producen a partir de experiencias reales, justamente aquellas que nos conducen a un punto en que hemos agotado nuestra capacidad de discernir.

En estos territorios desconocidos, la razón ya no nos ofrece más respuestas, algo que sin duda nos desconcierta. Pero también pone a prueba nuestras capacidades más extraordinarias. Nos reta a seguir creyendo que existe conocimiento donde parece no haber nada y a darle un sentido a través de nuestra conciencia.

Nuestro sistema productivo y, lógicamente, nuestro sistema educativo, se esfuerzan en erradicar el error, en reducirlo a su mínima expresión e incluso castigarlo.

Si mantenemos una actitud defensiva como ésta, nos cerramos ante la vida, estaremos impidiendo que aprendamos enseñanzas esenciales sobre la existencia y sobre nosotros mismos que no pueden alcanzarse sólo de forma racional. Pascal ya lo anticipó al afirmar que “el corazón tiene razones que la razón no puede entender”.

Por ello, no es posible transmitir plenamente el conocimiento adquirido mediante la experiencia de una persona a otra, porque no se trata sólo de información. Cuando se trata de enseñar lo que se ha aprendido de forma experiencial sin comprender que la naturaleza de este conocimiento seguirá permaneciendo oculta a quien no lo haya experimentado, es como señalar un lugar en el mapa en el que no haya puntos de referencia.

El mundo educativo tiene ante sí un gran reto y una enorme responsabilidad. Cuando alguien dispone de mucho conocimiento puede llegar a excederse, creyendo más en el conocimiento externo que en el suyo propio, afectando seriamente el método de aprendizaje de los demás. Uno de los mayores riesgos de esta manera de proceder es que lleguemos a olvidarnos de la importancia de lo vivencial y lo experimental.

¿Debemos plantearnos, antes que nada, qué experiencias pueden capacitarnos mejor? En este caso, hablamos de un aprendizaje para la vida.

A la hora de saber, existe una gran diferencia entre los que disponen de contenedores de información y los que disponen de experiencia. Los primeros pueden resolver problemas estandarizados. Los segundos saben pensar como resolver lo complejo y no habitual.

Adquirir un nuevo saber es importante porque amplía nuestra conciencia, pero más relevante aún, porque nos muestra de forma clara nuestros vacíos de conocimiento, sepultados por capas de errores y prejuicios.

Fleming, en lugar de atender al orden de su laboratorio, descubrió por error la penicilina. Nunca lo habría hecho si no se hubiera preguntado qué salió mal.

Tampoco deja de ser paradójico que Einstein conceptualizara la relatividad del tiempo y del espacio al analizar el movimiento, precisamente, desde un punto móvil.

El brillante pedagogo Robinson descubrió a la gran coreógrafa de “Cats” en el colegio a partir de una anomalía, su increíble hiperactividad física. En lugar de tratar de corregir o desviar su tendencia natural, la potenció.

Nuestras escuelas, nuestros hospitales, nuestra economía, nuestras decisiones, están llenas de errores que soslayamos, que escondemos, y de los que nos negamos a aprender.

Nos esforzamos porque todo encaje (a la fuerza) construyendo verdades sin aceptar que todas son efímeras.

¡Celebremos cada error, no buscado, que tanto nos permite aprender!

 

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