La escuela, ¿una isla en un océano de relaciones?

Al contemplar la escuela como una creadora de redes, observamos que desde ella se generan una gran diversidad de relaciones. Pero para entenderlas en toda su complejidad no podemos obviar su contexto, los vínculos que se generan entre sus partes, no debemos perder de vista la globalidad.

Cuando vemos el océano, inmediatamente lo percibimos como un todo. En su gran densidad apenas se destacan las partes que lo componen: flora y fauna marina, simas profundas, valles extensos…

Aunque nuestros orígenes como especie proceden del mar, las cosas se ven bien distintas desde el otro lado de la orilla. Los habitantes terrestres percibimos mejor las partes que el todo y nos focalizamos en todo lo que se encuentra en su superficie: fauna y flora, especies humanas diversas…

En el planeta donde habitamos -por el momento- las unidades componen el todo. Y viéndolo así, lo interpretamos de la misma manera. Nuestra conciencia se va alimentando de la diversidad que analizamos, profundizando en cada ser, cada organismo, cada elemento, para desvelar sus misterios y diferenciar con claridad las partes que lo componen.

De este modo, el conocimiento se adquiere tras analizar racionalmente cada unidad, tratando de determinar cuál es su esencia, su por qué y su finalidad. Así ha ido evolucionando el progreso en estos últimos siglos -fundamentalmente en lo material- y desarrollándose a partir del racionalismo, otorgándole a la ciencia el poder de diseccionar cada unidad en múltiples áreas de conocimiento.

El Discurso del Método de Descartes pontifica sobre el extraordinario valor de la razón y evidencia la necesidad de especializarse, de ahondar en los secretos de cada unidad que conforma el todo.

Y así hasta nuestros días. Así nacen las escuelas en el sentido que las entendemos actualmente. Unidades estructurales donde poder analizar procesos del conocimiento para luego transmitirlo. Para ello acumulamos este conocimiento acotando los contenidos en disciplinas diversas, formado un entramado curricular que todos deben aprehender de forma homogénea.

Finalmente, debe acreditarse este currículo bajo unos supuestos de competencia que lo reconozca y valide en función del modelo de producción de cada época. Su función no es otra que garantizar la supervivencia de la especie, tanto a nivel individual (el oficio de vivir) como colectivo (las redes cerradas que llamamos familia), los dos ejes entorno a los que pivota la sociedad estructurada.

Este progreso basado en el conocimiento especialista, nos ha permitido descubrir, principalmente desde el siglo pasado, el sentido relacional -no sólo racional- de las unidades que componen la globalidad.

“Todo es energía y todo está conectado”. Así lo expresaba Einstein con vehemencia, poniendo de relieve el camino emprendido por la Escuela de Copenhagen, con Nihel Bohr y Heissenbach al frente, y un largo etcétera de sabios dedicados a la investigación de las relaciones.

Esta afirmación adquiere nueva vigencia con el auge de la computación y todo lo que de ella emerge (ordenadores…). En palabras de Richard Florida, “el mundo se nos pone de nuevo, metafóricamente hablando, en la palma de la mano”. Todo queda cerca y todo se relaciona. Las redes sociales, la comunicación en las redes de conocimiento, todo forma parte del océano en el que todo está conectado y la unidad se diluye en su interior. En este entorno líquido, prevalecen los nodos de creación y distribución de contenidos sobre los individuos.

Todas estas reflexiones nos conducen a plantearnos:

¿No deberíamos repensar el significado de las escuelas?

¿Estamos imponiendo una “invasión tecnológica” en las aulas para hacer aquello que ya hacíamos?

¿O bien se trata de dar una respuesta diferente, no desde las herramientas sino desde los contenidos?

¿O, incluso, se trataría de debatir en profundidad la misma naturaleza de las preguntas a las que debemos dar respuesta?

Si estamos preocupados por las respuestas y no vemos que han cambiado las preguntas, ¿podemos ser eficaces, efectivos, eficientes, equitativos, éticos…?

¿No deberíamos invertir nuestras reflexiones en vez de creer que las escuelas son estructuras donde llevar a cabo procesos -eso sí, digitalizados- para acabar generando los mismos contenidos de siempre y enseñarlos como siempre hemos hecho?

¿No deberíamos empezar por ajustar los contenidos a las necesidades globales de la especie para poder vivir en un mundo altamente conectado y relacional?

¿No será más conveniente identificar primero qué contenidos priorizamos para reformular luego los procesos actuales, anclados en el pensamiento sistémico, y partir de los espacios experienciales y vivenciales?

En este nuevo contexto ¿qué nuevas estructuras pueden evitar, por ejemplo, que los estudiantes sigan encajonados en sus aulas escuchando decir al profesor lo que ya está divulgado en internet?

¿Qué nuevos roles son ahora emergentes?

¿Cómo acompañar a los integrantes de la comunidad educativa en esta reconversión de roles?

Muchas preguntas, cierto.

Pero sólo las preguntas despiertan las nuevas respuestas.

¿No serán las redes, el océano de las relaciones, el espacio que permite idear las escuelas del s. XXI?

¿No será mejor partir del todo para analizar las partes?

¿No estarán en nuestras mentes, los límites a superar?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s