La comunidad educativa IV: Padres y ciudadanos

“Eres como alguien que camina con un guía por el bosque en una noche oscura.

Tan pronto como el guía se aparta de tí, la oscuridad domina,

pero si llevas tu propia luz, no debes tener miedo de la oscuridad”

Rizin

 

“La escuela empieza en casa y junto a la comunidad donde se vive.” Esta afirmación puede dejar sin sentido la demanda que tantas veces hemos oído: “Queremos una educación pública y gratuita.” Será que sí, o que no, pero el tema merece discernimiento y sobre todo compromiso. Porque, ¿cómo podemos desunir familia y escuela? ¿O es que la primera no cuenta y se delega en la segunda toda la responsabilidad? ¿Quién educa? ¿Quién enseña? ¿Cómo aprendemos juntos a educarnos? Como dice Bunam: “Un mal maestro (padre o profesor) dice lo que sabe; un buen maestro (padre o profesor) sabe lo que dice.” En el primer caso, es posible discernir pero sólo en el segundo se forja un compromiso.

Si la educación empieza junto a los padres y con el ejemplo del entorno del que se forma parte, convendremos que debe haber pedagógicamente hablando, una línea de continuidad con la escuela. Lo que se hace en casa, debe corresponderse con lo que se educa o se enseña en la escuela. Si no es así, y no se corresponden una con otra, situamos al alumno frente a un modelo contradictorio, con la posibilidad que, frente al conflicto, estalle la decepción, la frustración y el abandono motivacional de los estudios. El alumno debería gritar: “pónganse de acuerdo, esto no hay quién lo aguante.”

Si los padres asumen la responsabilidad principal de la educación desearán, en consecuencia, que la escuela se corresponda con sus criterios. Y evitar así un adoctrinamiento con el que no están de acuerdo. Pero la contradicción no puede llevarse al terreno de la confrontación. El precio de la lucha es alto e insostenible. Lo lícito sería que los padres pudieran tener la opción de cambiar a otra escuela más apropiada para ellos (libertad de selección de centro). Algo muy diferente a obligar a la escuela a atender situaciones a despecho del proyecto pedagógico global, o si fuera el caso, de volver a establecer las bases educacionales en un entorno no reglado o super regulado en cuanto a materias (contenidos) o metodologías (procesos educativos). De hecho, en determinados países la escolarización permite iniciativas no regladas o no convencionales en las que la educación corre a cargo de los padres o de grupos de padres.

Pero en cambio, si exigimos la responsabilidad pública de la educación, que viene inherente al concepto de “gratuidad”, lo que decimos es que el sistema educativo debe estar regido por las autoridades competentes. Y en este caso, propiciamos la potencialidad de un conflicto de intereses. Primar lo público, por delegación expresa, frente a lo privado, que conlleva en si mismo la lucha de contrarios, la contradicción misma que ata a unos y otros en una disputa irresoluble.

Cierto es que conforme avanza la sociedad en el desarrollo del Estado del Bienestar, se consiguen grandes beneficios, pero a la vez se generan grandes problemáticas y el balance entre las dos partes no siempre resulta armónico. ¿Puede el Estado (representación genuina de la responsabilidad pública) ofrecer una educación atenta a servir complementariamente las diversidades motivacionales de las familias hacia una educación que integre a las partes competentes? Experiencias pedagógicas basadas en el principio, por parte de la escuela, de no aceptar injerencias de las familias en los sistemas y metodologías empleados, para que la escuela pueda dar un sentido y propósito educativo completo, las hay. Y en ellas se ha constatado que puede, en un momento dado, hacerse incompatibles las respectivas posiciones. El resultado: que la escuela debe ceder en sus principios pedagógicos o que sea el alumno el que debe abandonar la escuela para irse a otra más en consonancia con lo que pueda considerar la familia apropiado. No existe servicio educativo a la carta. Hay que tomar el menú preparado que acostumbra a no tener opciones. Con el agravante que no pagamos, sino que le damos a la administración el encargo para que pague sin más, con nuestras contribuciones a la hacienda estatal.

Esta evidencia de conflicto potencial se incrementa aceleradamente cuando ello vamos más allá de la confrontación entre familia y escuela, para alcanzar una confrontación entre los diferentes criterios que puedan desvelarse (por cualquier interés no necesariamente educativo) entre administraciones competencialmente implicadas, como pueda y de hecho ocurre, entre el Estado y las Comunidades Autónomas .Estamos entonces ante un conflicto mayor: un conflicto de poder político, donde siempre tiene opción de ganar  el poder más fuerte, a costa eso si, siempre, de una merma en la calidad democrática, de falta de respeto a las minorías y a su diversidad como máximo valor de una comunidad. La uniformidad en si misma es un paso hacia el desastre, en términos de cohesión social.

Sólo el reconocimiento de la diversidad como valor puede ser admitida como sistema válido, aunque suponga dejar la economía, en términos de desarrollo humano, en segundo lugar y sobre todo, como consecuencia y no como premisa. De ahí que, con tanto ahínc, se quiera constreñir, tal vez con “alevosía y nocturnidad”, un control de los medios económicos y de los recursos materiales necesarios sin que se pueda sacar adelante lo más importante en toda comunidad como es la educación y preparación del factor humano. Los resultados están en no poder recuperar la dimensión perdida, la dimensión humana, cuando nadie ni nada debería dejar de ser favorecedor de ella, aunque hubiera razones de productivismo y aparente eficiencia económica, a costa, y sacrificando la efectividad y haciendo aquello que sea bueno hacer.

La desestructuración de las familias por razones varias y la consiguiente falta de cohesión en las comunidades naturales donde se vive (comunidades vecinales, barrios…) no están siendo consideradas, ni merecen la atención debida del sistema económico hegemónico existente. Éste, cerrado a lo que no sea la acumulación de capital, por parte de aquellos que se dedican a ello, conlleva una decadencia irrecuperable de los valores democráticos y de la construcción de sociedades plurales conviviendo en equilibrio y armonía.

Cierto es, a nuestro criterio, que la adoración papanata a los becerros de oro del dinero y la tecnología, como muchos creen, no son las vías para la recuperación de lo que afecta a tantas y tantas personas. Quizá sería más efectivo y eficiente, en términos socio-económicos, una focalización clara hacia la diversidad de modelos educativos. En la situación actual se enseña, casi en exclusiva, a discernir racionalmente para entrar en el mundo del trabajo (que tampoco) y, en cambio, deberían fortalecerse el establecimiento de compromisos para aprender lo necesario para afrontar los retos del vivir cotidiano en una sociedad totalmente diferente de cuándo se diseñaron las escuelas, evitando contraposiciones con las bases propias y singulares de las personas.

Confiamos excesivamente en la política, para resolver estos importantes temas y quizás debamos preguntarnos si lo hacemos porque no confiamos en nosotros mismos y en la capacidad libre y madura de las personas, las familias y las comunidades naturales. O tal vez porque el Estado no entiende que es hora de aplicar la teoría de la devolución a la sociedad de aquello que en un momento, la misma sociedad, le delegó la responsabilidad de hacer. Claro está, y ya se dijo en otro tiempo no lejano, y desde tribunas políticas muy cualificadas, que la sociedad no existe: sólo existe el estado y los ciudadanos (Tatcher).

¿No será éste, el gran error? ¿o quizá es el fruto deseado por un política de globalización que atañe prioritariamente los intereses económicos? ¿O es que se cree que la prosperidad sólo puede venir de un crecimiento anual creciente, debido a que estamos utilizando el crédito de las generaciones futuras en base a un endeudamiento insostenible, falacia absurda de nuestro tiempo? ¿Se lo comentamos a nuestros hijos, para que estén preparados para lo que les echamos encima? ¿Qué nos dicen, ellos?

Pere Monràs

 

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Un comentario en “La comunidad educativa IV: Padres y ciudadanos

  1. Fantástica y lúcida reflexión de la que me anoto, en especial, esta frase: “Aprender lo necesario para afrontar los retos del vivir”, sin duda el reto más importante y el única que nos aportará la mayor riqueza: la felicidad.

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