La comunidad educativa II: Confiar en el estudiante, confiar en el educador

Algunos lectores recordarán la serie de televisión británica “Sí, Ministro” en la que se describía el hospital perfecto. La visita de las autoridades, mostraba información completa sobre la estructura de susodicho hospital, características de la plantilla, composición, coste, servicios de soporte, etc.  Al final de la visita la autoridad, muy satisfecha por la visita, preguntaba sobre la economía, los presupuestos y los resultados. Todo lo que se le mostraba daba un equilibrio económico riguroso. Dado que no es frecuente encontrar este equilibrio presupuestario, la autoridad preguntó por la actividad, resultando que no se había todavía abierto a la asistencia. La actividad inexistente, aunque los profesionales fueran los mejores contratados, no daba sentido al para qué de aquel hospital.

La escenificación de un hospital sin actividad, sin pacientes, no tenía razón de ser. La pregunta se puede extrapolar al sistema educativo: ¿cuál es la razón principal de la escuela? ¿su estructura? ¿sus procesos o su contenido? Si la estructura es la correcta y los procesos bien diseñados, uno y otro sólo tiene sentido por los contenidos que se definan y promuevan. Así como no hay sanidad sin pacientes no hay educación sin estudiantes (alumnos) que la requieran y entorno que lo facilite.

Los contenidos rigen todo lo demás. La lógica de las cosas materiales tiene su razón de ser en la lógica de las relaciones entre personas y los roles que garanticen los resultados, siendo para ello necesarias estructuras que en cada momento puedan ser las adecuadas. Si educamos para un título es diferente que si educamos para la vida. Podemos tener una acreditación de competencias en conocimientos diversos pero ya no vale decir aquello que se ha escuchado tantas veces en el pasado “bueno, si no estudian, ya les suspenderá la vida.”

Con esto llegamos al rol fundamental que da sentido a la escuela: la relación entre alumnos que quieran aprender y profesores que quieran acompañar, y ser sherpas de cada alumno. Si para escalar el Everest nadie se atreve sin su sherpa o equipo de sherpas, es de sentido común que para alcanzar “la cumbre del vivir” no puede hacerse sin guías que te acompañen, no puede ser menos. Desde esta perspectiva el cuidado del sherpa, del guía, del “maestro” es fundamental para obtener el nivel máximo de educación alcanzable, y decimos educación y no decimos instrucción, ni tan sólo competencia acreditada en alguna área sino la necesidad de formar al alumno como “individuo social” de su comunidad.

Lo imprescindible de la labor educativa y lo esperable para obtener estos resultados se concentra en una sentencia muy bien trabajada y sintetizada por Pere Marqués gran pedagogo: “Confiar en el alumno en un entorno de éxito”

En el antiguo paradigma se partía de que el alumno no sabe, no quiere y hay que controlarlo para que saque algo positivo. Es en ese contexto donde se han estrellado muchas motivaciones de alumnos y profesores, que llegan a plantearse “¿de qué sirve la escuela?”, si para quien tiene razón de ser la escuela, se aburre y se desmotiva y quién debe generar esperanza e ilusión para el aprender, no lo tiene integrado en su función. Y decimos integrado, no tanto como un oficio para vivir, sino como un proyecto de vida. Un proyecto desde donde pueda contribuir en lo más decisivo para la especie: la socialización del individuo y el sentido de su contribución a la comunidad de la que forma parte: la especie humana.

Y ello nos lleva a una segunda sentencia: “Confiar en el educador y en un ecosistema que lo facilite.” Y si el ecosistema no lo facilita construyámoslo sin pérdida de tiempo. Cualquier otra actuación que no lleve a ello deja de ser prioritaria.

Y finalmente todo lo que requiera hacerse, lo tiene que comprender y no solo entender, todos los que mantengan un vínculo en el proceso del sistema educativo. Empezando por el entorno afectivo del estudiante (padres, familia..), la comunidad cercana, que debe ser ejemplo donde mirarse el educando, así como el modelo que pueda aportar la sociedad y la cultura general donde se halle inmerso. Y decimos cultura en el sentido más profundo: la cultura como ropaje de la biología. Cómo nos aporta Jaume Cabré, autor de “Yo confieso”:  “La biología lo permite todo, es la cultura la que prohíbe”. Si hemos de romper los muros de las escuelas también debemos despojarnos de los ropajes que esconden la autenticidad del ser de cada uno. Ese es el tesoro máximo al que sacar brillo: las potencialidades de cada educando, para que lo que está en su “semilla” cunda en beneficio de él mismo y de su entorno.

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