Tiempo de aprender (II) El tiempo efectivo ¿para qué?

En el anterior artículo de Pere Monràs, ya dejamos abierta la puerta a abandonar, progresivamente o rápidamente, el modelo cartesiano de horario escolar, de enseñar disciplinas fragmentadas unas de las otras y de basar la acreditación de las competencias adquiridas en aprobar exámenes de materias i/o disciplinas específicas y aisladas.
Señalábamos como reflexión la incorporación del “aprendizaje haciendo” (learning by doing). Parece claro que la metodología del aprendizaje merece la máxima atención pero deberíamos resolver como se lleva a cabo frente a un panorama sumamente reglado y pautado de obligado cumplimiento. Y en ello, pretendemos hoy hacer hincapié.

Aceptar que el reto actual no se basa en mejorar lo que tenemos, ni tan sólo en incorporar la innovación tecnológica que nos permita darle más tiempo al tiempo escolar. Estamos fundamentalmente frente a un reto de transformación del rol de todos los diversos protagonistas del modelo educativo, para entender que nuestra sociedad exige saber navegar en la incertidumbre y la inestabilidad permanente. Las decisiones para la vida plantean estar preparados para lo que no sabemos y no conocemos todavía, y no para aquello que planificamos cuando nos movíamos en entornos estables y seguros donde todo era previsible. Necesitamos tiempo efectivo para entrenarnos para la improvisación planificada, entendida como saber pensar el qué hacer dándonos cuenta de lo que interacciona alrededor de cualquier cosa en forma ya no secuencial sino sistémica (la parte y el todo simultáneamente) y holística (trabajar con los datos disponibles y con los no datos, aquello que podemos ver que está y aquello que constatamos que no está, preguntándonos porqué no está). Esta apreciación exige abandonar la memorización del conocimiento establecido y acreditado (siempre accesible fácilmente en la Red) y aprender a desaprender para aprender lo que no sabemos o que no sabemos que sabemos.

En segundo lugar, dar el papel principal del proceso educativo a experimentar las vivencias. Para hacer de ellas experiencia y descubrir la curiosidad, el cuestionar lo obvio… la pregunta potente que nos lleva a la creatividad desde uno mismo y con los demás, desde la nada y desde el todo. Una excitante aventura de la vida con la plena intensidad del aquí y ahora, presentes al 100%, abiertos y flexibles, sin espacio para el aburrimiento, la pausa eterna y la no acción, acompañada de la pausa para el estudio, la reflexión y el debate. Encontrar la propia singularidad y explorar el sentido y propósito que das a dicha singularidad. Reconocerte a tí mismo y crearte a partir de lo que eres y no de lo que no eres. No se trata ya más de escoger entre lo que existe, sino de crear y desarrollar la propia semilla para, huyendo de la estandarización, la uniformidad y el igualitarismo apreciemos, junto a la comunidad educativa a la que pertenecemos, el valor de la diversidad conectada y de los ecosistemas nutrientes para el propio desarrollo.

En tercer lugar, activar todos los recursos ociosos de los que disponemos y que incluso desconocemos tener. Ya no se trata de identificar sólo nuestro propio ADN, sino y muy principalmente dar permeabilidad a la membrana celular de todo nuestro yo (haciendo un paralelismo con la propia unidad elemental de la vida que es la célula).

La acción de la membrana es la acción de nuestro “ser vivos” con el entorno, identificando aquello que pueda ser tóxico de aquello que nos es nutriente. O dicho de otra forma, reconocer plenamente el substrato donde nos movemos para conseguir la adaptación de máximo valor añadido posible y poder establecer un comportamiento que haga relevante aquel aforismo que dice con gran sabiduría “las especies competentes, no compiten”,  acabando con el individualismo exacerbado donde consumimos nuestro tiempo más preciado para “ganar” a costa de los demás, sin ver la fuerza enorme del “win to win for all”. Ver en los otros no a quién vencer, sino con quién vencer para respetarnos a nosotros mismos y a nuestro entorno. Una educación biomimética, sin otro centro que la conciencia plena del ser individuos sociales.

Y por último, dar al tiempo no un valor de consumo, sino un valor intrínseco, un valor vital. Tener en cada momento la plenitud del todo. El tiempo no es para utilizarlo sino para vivirlo. El tiempo efectivo es aquel que tiene el pleno valor humano y sólo puede llegar a ser “de uno mismo” sin que se nos robe ni se emplee en no ser nosotros mismos.

Educándonos para aprender a ser sin plazos ni cursos programados. 

Simplemente, siendo.

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