Biografía de Alan Turing

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Imagen: IBNLive

 

 

Pocos hombres han tenido la profundidad del pensamiento científico de Alan Turing. Y muy pocos han podido además poner su inteligencia al servicio de la sociedad con tan excelentes resultados. Pero quizás sólo a él se le pagó con tan mala moneda.

El niño

El padre de Alan Turing era funcionario de la administración en Chatrapur, cerca de Madrás, India. Cuando su esposa Ethel quedó embarazada decidieron volver a Londres para que su hijo naciera en Gran Bretaña. De forma que Alan nació en Londres el 23 de junio de 1912. Pocos días después del nacimiento, su padre volvió a la India, país al que su esposa le siguió cuando Alan tenía tan solo 15 meses, por lo que éste se educó con niñeras y amigos hasta que tuvo edad para ir a un internado. Quizás fueran los primeros años de su infancia los que dejaron en Turing la huella de lo que más tarde se definiría como un carácter tímido y retraído.

El adolescente

Cuando Turing tenía 14 años, el primer día de clase en la Escuela de Sherborne coincidió con una huelga general que dejó a todo el mundo sin medios de transporte. Turing se subió en su bicicleta y recorrió, en solitario los 100 km que había hasta la escuela. La hazaña salió en la prensa local. No obstante, los primeros años en el centro educativo no fueron precisamente felices para Turing, a quien únicamente interesaba la ciencia, especialmente la química. Tenía que moverse en un ámbito escolar en el que aún se fomentaban el valor y la fortaleza para la defensa del país, un ambiente, en definitiva, muy poco acorde con su carácter. Sus mejores recuerdos de aquellos años se centran en la profunda amistad que se creó entre él y Christopher Morcom, un sobresaliente alumno de Sherborne con el que compartió su interés por la ciencia. Pasaron juntos muchas horas, llevando a cabo precarios experimentos químicos y leyendo todo lo que llegaba a sus manos que tuviera alguna relación con la ciencia. Pero esta amistad, que duró más de cuatro años, se vio bruscamente interrumpida por la repentina muerte de Morcom a causa de una tuberculosis. Esto afectó profundamente a Turing, que estuvo a punto de ser víctima de una profunda depresión. Pero, según contaría él mismo años más tarde, la foto de su amigo encima de la mesa de trabajo le sirvió como acicate para superar la dura tarea que suponía el conseguir ser admitido en el King’s College de Cambridge. Lo consiguió en 1931.

El matemático

Fue durante su estancia allí cuando escribió, a los 26 años, su artículo matemático más importante Sobre los números computables, que sería considerado por la comunidad matemática como uno de los avances más importantes del siglo. En él se establecían las bases de lo que se conoce como la “máquina de Turing”, esquema teórico que encerraba el fundamento de lo que habrían de ser todos los futuros programas informáticos. A partir de ese momento, Turing inició una carrera ascendente hasta que logró el título de profesor de Matemáticas del King’s College de Cambridge. Según su propio testimonio, aquella fue la época más feliz de su vida. Una felicidad que se vería bruscamente interrumpida cuando el 4 de septiembre de 1939, un día después de que Inglaterra declarase la guerra a Alemania, Turing fue llamado a formar parte del equipo de criptoanalistas de Bletchley.

El criptoanalista

Dicho equipo había obtenido importantes éxitos descifrando las claves de la máquina Enigma. A Turing se le encargó una técnica alternativa para el caso en que los alemanes decidieran cambiar el sistema de códigos de la Enigma, cosa que acabó sucediendo el 10 de mayo de 1940. Turing mostró un talento tan extraordinario como descifrador, que acabó por convertirse en el principal criptoanalista del Reino Unido. En criptoanálisis se denomina puntal a alguna palabra o texto que sea conocido y que se pueda asociar con uno encriptado. Uno de estos puntales fue clave en la estrategia desarrollada por Turing. Se trataba de la palabra wetter, que en alemán quiere decir tiempo atmosférico. En los partes meteorológicos que los alemanes enviaban diariamente era forzoso que apareciera esa palabra.

El objetivo principal del equipo de Bletchley eran los submarinos alemanes. A lo largo de toda la guerra, los sumergibles germanos llegaron a hundir cerca de 3.000 barcos, sumando un peso total de quince millones de toneladas. Poder descifrar los mensajes que, mediante el código Enigma, el alto mando enviaba a los submarinos alemanes, significaba poderlos interceptar antes de que llevaran a cabo su misión. Turing diseñó entonces una máquina electromecánica para descifrar los códigos Enigma. Estas grandes y ruidosas máquinas que recibieron el nombre de “bombas” ocuparon varios cobertizos en Bletchley y fueron claves, no sólo para el criptoanálisis diseñado por Turing, sino como simientes de los futuros ordenadores que habrían de venir años después. Una prueba de la importancia que el Alto Mando daba a los trabajos que se desarrollaban en Bletchley es el mensaje que Churchill envió al jefe de personal como respuesta a una petición firmada por Turing. Saltándose todos los conductos reglamentarios, el matemático inglés pedía más medios para poder seguir trabajando. El mensaje del entonces Primer Ministro decía: “Asegúrese de que tengan todo lo que quieran con extrema prioridad e infórmeme de que así se ha hecho”. La labor de los criptoanalistas encabezados por Alan Turing supuso no perder irremisiblemente la guerra del Atlántico y salvar cientos de miles de vidas humanas.

El ciudadano

Después de la guerra, Bletchley fue totalmente desmantelado, las máquinas fueron destruidas y cualquier documento quemado o guardado en cajas de seguridad. Al personal se le obligó a dispersarse bajo el juramento de no revelar nunca a nadie la naturaleza de sus actividades. Muchos de sus miembros se vieron obligados a llevar una triste vida, en la mayoría de los casos injustamente acusados, por familiares o amigos, de haber eludido sus puestos de combate durante todo el tiempo que duró el conflicto. En el verano de 1974 se desclasificaron los documentos secretos, coincidiendo con la aparición del libro de F. W. Winterbotham titulado The Ultra Secret, en el que se explicaban los entresijos de la guerra secreta de los criptoanalistas. Se puede afirmar que fue entonces cuando el equipo de Bletchley obtuvo su verdadera libertad. Una libertad que Turing no llegaría a conocer.

En 1952, Alan Turing se presentó un día en una comisaría para denunciar un robo del que había sido víctima. En el relato de los hechos cometió la imprudencia de revelar su condición homosexual y fue acusado de “flagrante indecencia contraria a la sección 11 del Acta de Enmienda de la Ley Penal de 1885”. Se le llevó a juicio y fue humillado públicamente por la prensa local. Incluso Jack Good, uno de los veteranos de Bletchley, comentó en una ocasión: “Afortunadamente, las autoridades no sabían que Turing era homosexual. Si no, podríamos haber perdido la guerra”. El Gobierno, para no verse implicado en la querella, le retiró su acreditación como miembro de la seguridad y se le prohibió trabajar en ningún proyecto que tuviera algo que ver con el desarrollo de los ordenadores. También se le obligó a mantener un control psiquiátrico y, lo que fue peor, a someterse a un tratamiento hormonal que le dejó impotente y obeso. El 7 de junio de 1954 mojó una manzana en una solución de cianuro y se la comió[1]. Murió a los 52 años.

La máquina de Turing

Una máquina de Turing podría ser algo muy parecido a aquellos antiguos aparatos con los que se enviaban telegramas en el siglo pasado: un rollo de cinta estrecha sobre el que una máquina eléctrica iba escribiendo el mensaje. La máquina de Turing, una máquina ideal, consiste en una cinta infinita en la que hay marcadas unas pequeñas celdas cuadradas. Las cosas que puede hacer la máquina son: mover la cinta a la izquierda o a la derecha, agujerear una celda y también saber si una celda está o no agujereada. Dicho de otra forma, la máquina puede ir hacia delante o hacia atrás, puede escribir (hacer un agujero) y puede leer (saber si hay o no un agujero). Con este sencillo mecanismo se puede escribir el Quijote en la cinta y la máquina sería capaz de leerlo. Si alguien abriga alguna duda al respecto no tiene más que pensar en el código Morse, en el que cada letra del abecedario está asociada a un conjunto definido de puntos y rayas (agujero o no agujero). Es cierto que no sería un modo de escritura muy práctico, pero Turing no pretendió nunca que su máquina fuera práctica, sólo pretendía comprender la esencia de la computabilidad. Y lo consiguió. La máquina de Turing es capaz de simular el modo de funcionamiento de cualquier ordenador, incluso, con el programa adecuado, podría ganarle una partida de ajedrez a Kasparov, aunque probablemente la última jugada la tendría que hacer con sus tataranietos.

[1]En 1938, siendo Turing profesor de Cambridge, insistió en que quería ver la película Blanca Nieves y los siete enanitos. Días después sus compañeros le oían cantar con frecuencia la estrofa de la bruja: “moja la manzana en la poción, que la muerte durmiente penetre en profusión”

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